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San Cayetano de Thiene
Los frutos de la oración
Religiosas Teatinas de la Inmaculada
Concepción
Queridos lectores: ¿Se han dado cuenta de cuán de prisa andamos por el
mundo, cuánto tiempo la moderna tecnología nos absorbe? Los negocios, el
trabajo, el estudio y los mil compromisos de cada día nos dejan poco tiempo para
llegar a nuestro hogar y disfrutar de la paz y la alegría de nuestras familias,
de un momento de encuentro con nosotros mismos.
Es una realidad que vivimos en nuestra sociedad. Hay tantos ruidos exteriores e
interiores que nos impiden entrar en nuestro aposento. No obstante, en medio de
este mar de quehaceres, en el alma de todo ser humano existe un gran deseo de ir
al desierto del corazón; la necesidad de un momento especial para reflexionar
sobre su existir, sobre su ser; un deseo insaciable de encontrarse con el Dios
vivo y, desde el silencio de su corazón, reza con el salmista: “Como busca la
cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío; tiene sed de
Dios, del Dios vivo. ¿Cuándo entraré a ver el rostro de Dios?” (Sal 41,
2-3). A
este Dios que busca sólo lo encontrará cuando haga un alto en el camino, cuando
se adentre en las profundidades del corazón. Allí encontrará la fuente de la que
brota abundante el agua fresca y cristalina de la vida y vida en abundancia.
En la medida en que nos adentramos en el silencio descubrimos al Dios de la paz,
del amor, de la misericordia. Debo dejar que Dios me colme de su gracia, de su
agua, hasta que los dos nos confundamos en la claridad y en la transparencia. Él
fijará su imagen en mi ser cuando los ruidos empiecen a desaparecer de mi
corazón, cuando le regale momentos de mi tiempo para encontrarme con Él.
Entonces, mi mirada será diferente; le encontraré un color nuevo a la vida; me
daré cuenta de que Dios habita también en la naturaleza, en el cosmos, en mi
prójimo; habrá nacido en mí la capacidad de admirar, de contemplar el amor
infinito de Dios para con sus hijos y la confianza total en su Providencia.
Una vez que nos hayamos encontrado con Dios desde el silencio descubriremos a un
Dios vivo que nos impulsará a repartir a manos llenas por doquier la vida que
hemos recibido y a buscar los momentos especiales de encuentro con la familia,
la sociedad y nuestro mundo, en un servicio alegre e ilusionado llevando, como
San Cayetano, las manos llenas de misericordia para con el más necesitado. He
aquí cómo nos lo describe quien vivió cerca de él y se dio cuenta de esta
búsqueda realizada por Cayetano en cada momento de su vida:
“El P. D. Cayetano, modelo en toda su vida, era en el trato: humilde, modesto,
manso, de pocas palabras, asiduo en la oración. En el coro estaba siempre de
rodillas apoyado en el reclinatorio. Era siempre el primero en los trabajos de
casa, como lavar las ropas, barrer y demás quehaceres domésticos. El primero
siempre en el oficio nocturno; salmodiaba con gran alegría, distintamente y
despacio. No conocía límites su piedad con los enfermos. Les daba de comer con
sus propias manos, les prodigaba sus servicios como ocurrió especialmente en la
enfermedad del P. D. Marcos. De nada cuidaba con mayor celo que de la salud de
sus hermanos. Resplandeció en la prudencia, con la cual acompañaba cada una de
sus acciones”.
“En ayudar a los enfermos, consolar a los afligidos, dar consejo al que lo
necesitaba y en todas las ocasiones, procedía con tal cariño, con tanta dulzura
y caridad, que se conquistaba el afecto y la simpatía de todos. Frecuentaba el
coro con perpetua asiduidad y lo mismo a la oración. En la celda (donde
permanecía el mayor tiempo posible), se le encontraba casi siempre orando… era
asiduo en las fatigas de la Iglesia, solícito en la administración de los
sacramentos”. [1]
Vivir cada día desde otra perspectiva cada momento de nuestro existir, requiere
de momentos de encuentro, de diálogo, de apertura a la gracia que Dios esparce
por el campo de nuestra alma esperando, contra toda esperanza, el fruto de los
dones maravillosos que recibimos de sus manos. A Cayetano la vida tampoco le fue
fácil. Como en nuestros tiempos, la sociedad en la que a él le tocó vivir era un
ir y venir, se movían mucho y hacían poco.
Tampoco la Iglesia era lo que tenía que ser y
él comienza a reformar,
reformándose. Busca los momentos de silencio y soledad para encontrarse con el
Autor de la vida, quien conociendo el barro, podría modelar aquel cántaro para
llevar en él el agua del amor hecho entrega, sencillez, prudencia, humildad;
para tejer una nueva historia de salvación. El agua que encontró Cayetano
fortaleció su fe y lo llenó de optimismo y esperanza; lo hizo pleno; la gracia
de Dios le bastó. Y así Cayetano hizo de su mundo oscuro y hostil, un mundo de
luz que le ayudó a ver a Cristo en el enfermo al que acudía con prontitud para
administrarle los sacramentos, en sus hermanos sacerdotes, en la Iglesia, la
cual no abandonó ni un instante y desde la cual él le devuelve el brillo del
amor primero. En el mundo de lo cotidiano vemos a Cayetano realizando todo sólo
por amor, como corresponde a todo cristiano. El Padre de la Providencia, como le
llamamos a san Cayetano, no nos va a enseñar modos concretos de orar porque la
manera -el cómo- pertenece, creo yo, a la identidad profunda de cada creyente.
Sólo nuestro actuar como el de Cayetano hablará de lo que ocurrió en ese
encuentro con el Señor. Sí, el amor a nuestro prójimo, que es lo que nos hace
afines con el Hijo de Dios, debe caracterizar a cada cristiano: “por los frutos
nos conocerán”.
Cada ser humano es objeto de un proyecto del amor del Padre, como
san Cayetano,
mas sólo cuando seamos conscientes del actuar transformante de Cristo vivo en
nuestras vidas, podremos ayudar también a transformar nuestro mundo, nuestra
vida y la de toda persona que en el caminar de nuestra historia se sienta
peregrina y necesitada del Amor. No tengamos miedo y lancémonos a la aventura
del silencio para encontrar al Silencio, del cual nuestra sociedad está tan
necesitada. Y con san Cayetano oremos por un mundo mejor donde reinen los frutos
del amor.
“Mira, oh Señor y Padre Santo, desde tu Santuario y lugar excelso
donde habitas en el cielo y fija tu mirada en esta Hostia Santa que se
ofrece a nuestro gran Pontífice y Señor nuestro Jesús por los pecados de
sus hermanos y perdona nuestras muchas culpas. He aquí la voz de nuestro
hermano Jesús que clama a ti desde la cruz. Escucha oh Señor, atiende y
envía tu socorro. No lo retardes Dios mío, por tu bondad, ya que tu
nombre ha sido invocado sobre esta ciudad y sobre todo tu pueblo y obra
con nosotros según tu misericordia” [2].

[1] VENY BALLESTER, A.,
San Cayetano de Thiene. Patriarca de los Clérigos
Regulares, Vicente Ferrer, Barcelona 1950, pp. 633-643.
[2] Id., Cartas y escritos ascéticos de San Cayetano de
Thiene. Versión española, Palma de Mallorca 1977, p. 160.
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