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Úrsula, flor de Amor, Caridad y Oración
(1ª parte)
Lic. Jorge Guillermo Monsalve M.
Coros de ángeles y celestiales trompetas entonaron sus notas musicales
de fiesta y bienvenida. Las puertas del paraíso se abrieron de par en par para
recibir con gozo y alegría el alma santificada del Padre de Providencia. Eran
las cinco de la tarde del día 7 de agosto de 1547, cuando el Señor llamó a su
presencia a su fiel servidor Cayetano de Thiene, adalid de la Reforma Católica y
Fundador de los Clérigos Regulares Teatinos.
Mientras
san Pedro y san Pablo daban la bienvenida al nuevo huésped, llena de
ternura y con una angelical sonrisa, la Virgen María se acercó para tenderle, esta vez no al niño nacido en un pesebre de Belén, sino a una bella flor
cultivada en el Jardín Celestial. Con la humildad característica en él, el santo
varón tomó entre sus manos el simbólico presente y dándole un beso lo estrechó
contra su pecho. Acto seguido, en cómplice mirada con la Reina del Cielo, fue a
depositarla a los pies de nuestro Señor Jesucristo. En ese instante las puertas
del paraíso empezaron a cerrarse y una ráfaga de viento lanza al exterior a la
exquisita y colorida flor, la cual, suspendida entre el espacio y la distancia
se fuga al infinito para llegar tiempo después a la tierra, donde su polen
Divino se engendra en el vientre de una santa mujer del hogar de los Benincasa
Genuino.
Esta humilde partícula celestial, octava criatura del matrimonio de Jerónimo y
Vicenta, nace en Nápoles el 21 de octubre de 1550 -tres años, dos meses y
catorce días después del tránsito de Cayetano de Thiene, nuestro santo de
Providencia- y le ponen por nombre Úrsula: la tejedora de oración a quien el
Santo Teatino le transmitió su carisma y caridad, espiritualidad y amor.
Al tiempo del nacimiento de Úrsula, la precaria situación económica por la que
atravesaba el hogar de los Benincasa Genuino se torna desesperante. El padre ya
entrado en años, temiendo no poder mantener a familia tan numerosa, sintió
desfallecer su confianza en la Providencia. Avergonzado de su falta de fe, se
sobrepuso al oír el llanto de la niña. Acercándose a la cuna la tomó en sus
brazos para consolarla y poniéndose de rodillas la ofrendó a la Santísima Virgen
María, suplicándole la acogiera bajo su maternal protección y custodia.
-“¡Perdóname gran Señora, no la abandones jamás!”
Sus ruegos fueron escuchados, ya que desde entonces, la sombra del manto de la
Inmaculada Concepción cubrió el camino de la vidente Napolitana.
La generalidad de los niños crecen conviviendo, compartiendo juegos y
pasatiempos propios de su edad. La regla en Úrsula fue la excepción, ya que se
entretenía a solas en cualquier rincón de la casa con alguna sagrada imagen de
la Virgen. Serena e imperturbable parecía siempre embebida y absorta por
cuestiones ajenas a este mundo. Su existencia sobrenatural y ultra humana,
discurrió más que en la tierra en el cielo, más en el paraíso que en este mundo.
¡Era más Ángel que humana!
Bajo la jerarquía del reino español de Carlos V, Nápoles aspiraba a su
independencia. Esta situación había creado un clima de total inseguridad dentro
de la ciudad. El descontento generalizado por la opresión y la tiranía de sus
gobernantes, era motivo de levantamientos populares que convertían las calles en
escenarios bélicos; razón que orilló al padre de Úrsula a mudar a la familia a
Cetara, pueblo costero de donde eran oriundos... resultando peor el remedio que
la enfermedad.
Bañadas por el mar de Salermo, las costas del hermoso lugar eran blanco de las
incursiones de los turcos que saqueaban todo, sembrando desolación y terror a su
paso.
Del tingo al tango en prevención de algún asalto y por caminos que serpenteaban
por lo alto de acantilados que terminaban en las profundidades del mar y que
sobrecogían el corazón de la pobre Vicenta, cada tarde, la buena madre
trasladaba a diferentes casas de la montaña a la pequeña Úrsula.
-“¡No temas, madre querida!”- la consolaba la niña,
-“mira a la bella Señora que
con el Niño en brazos, sonriendo, nos acompaña volando sobre el mar”.
Estas
imágenes se sucedían a diario en la vida de la pequeña vidente, llenando de
asombro a la afligida madre.
El clímax de estrés y zozobra de los pacíficos habitantes de Cetara, estalló un
trágico amanecer cuando vieron desembarcar a la horda de salvajes piratas. Para
ponerse a salvo todos, incluyendo a Úrsula, huyeron despavoridos hacía el monte
dejando a merced de los turcos el pueblo desierto. Corrieron los asaltantes en
pos de los fugitivos para masacrarlos a mansalva. De pronto, tan denso como
inesperado, se formó un banco de niebla entre perseguidores y huidos; poniendo a
salvo a los aterrados pobladores. Este milagro providencial desorientó al
enemigo obligándolo a emprender la retirada, no sin antes saquear y destruir
todo lo que encontraban a su paso.
El más elemental sentido común aconsejaba abandonar lugar tan inseguro. Al
respecto los padres de Úrsula decidieron mandarla a casa de una tía que residía
en la capital, mientras el resto de la familia se mudaba de nuevo a la ciudad.
Encomendada a unos marineros conocidos que se hacían a la mar rumbo a Nápoles,
los afligidos padres embarcaron su preciado tesoro.
No bien se habían alejado lo suficiente de la costa, cuando las tranquilas aguas
se tornaron en embravecidas olas por la furiosa tempestad que se desató, a tal
grado, que la tripulación creía inminente el naufragio. Úrsula, mirando hacia
popa permanecía tranquila. Tripulación y pasajeros la contemplaban admirados
mientras ella no cesaba de repetir:
-“¡El peligro va a pasar, con nosotros va la
Señora!”
Minutos más tarde el viento amainó, las aguas se tranquilizaron y todos
llegaron sanos y salvos a su destino.
La vida de los siervos de Dios es un víacrucis. La piedra de toque de la
auténtica santidad no es otra que el sufrimiento generosamente tolerado por amor
a Cristo. Úrsula no creció a fuerza de misticismo y en un lecho de rosas. Los
padecimientos fueron a buscarla a su cuna. A los dones extraordinarios con que
Dios la dispensó, también se añadió la marca en cuerpo y espíritu desde temprana
edad del sello del sufrimiento. Una afección que atacó desde niña sus
extremidades inferiores causándole una extrema flaqueza y debilidad que le hacía
el andar difícil y doloroso, le acompañó toda su vida y en sus últimos años la
postró en una silla de ruedas.
-“¡Las tempestades exteriores no turban la paz interna del cristiano!”
Como cordero que llevan al holocausto llegó Úrsula a casa de su pariente. Allí
es tratada peor que a una extraña y a sus seis años de edad se le obliga a
trabajar como a una sirvienta cualquiera, sin más pago que las duras palabras y
los malos tratos de su tía.
A pesar de tanto quehacer y las dolencias de las piernas que le dificultaban el
caminar haciéndole más difícil el trabajo, de sus labios jamás salió una palabra
de queja. Si alguien la compadecía o hacía alusión a la conducta inhumana de su
tía, respondía sonriente:
-“Sólo quiero dar gusto a Dios”.
En todo su existir
experimentó el sufrimiento, pero se mantuvo, a pesar de su enfermedad. Sus manos
que juntaba para orar se habían ganado con verdadero esfuerzo esta dicha. Sus
rodillas que con dificultad doblaba para realizar los trabajos más humildes, se
sentían aliviadas al doblarlas para adorar a su Señor. Esta etapa de humillación
y maltrato en casa de su tía significó para la chiquilla una prueba fundamental,
experiencia que le enseñó a aguantar y a ser paciente el resto de su vida.
-“Las
cosas más difíciles las hace fáciles la obediencia”.
¡Fue grande, porque supo
humildemente rebajarse! No es cuestión de hablar de Dios...hay que vivirlo.
Contento el Señor de la actitud de su pequeña sierva dispone que su familia,
tranquilizado el ambiente político en la capital del virreinato, regrese a la
ciudad y ella se reincorpore a su hogar.
En ejemplo continuado de humilde docilidad y heroica paciencia transcurre la
infancia y el aprendizaje de Úrsula Benincasa. En íntima unión con el Altísimo
aprende de su madre el manejo de la aguja y el telar. En el estrépito y
movimiento de sus piezas, Úrsula percibía la música y la armonía de los ángeles
danzando en la presencia de Dios. La pequeña tejedora domina en tan corto tiempo
el oficio ante el asombro de la gente que admira la perfección de sus trabajos y
que no acierta a comprender cómo obras tan excepcionales puedan salir de las
manos de una niña de apenas 7 años de edad. Entre sus gracias singulares con que
el cielo la enriqueció está el conocimiento sobrenatural de los futuros
contingentes y los secretos del corazón, los íntimos rincones del pensamiento
humano y el espíritu de profecía.
Próximo a morir, su padre se encontraba sumamente afligido al pensar que con su
partida dejaba en total abandono a sus hijos. Conocedora de su cercano fin,
Úrsula lo consolaba con tiernas palabras, exhortándolo a tener confianza en la
providencia de Dios. Lo inclinaba a actos de amor y de contrición por sus culpas
y sin apartarse de su lecho lo acompañó hasta el final de sus días.
Poco después de este suceso enfermó su madre. Auscultada por los médicos le
diagnosticaron que su enfermedad no era de peligro. Una tarde, mientras Úrsula
trabajaba se le apareció la Santísima Virgen y le dijo:
-“¡Haz que de inmediato
le administren a tu madre los Sacramentos porque va a morir esta noche!”...
Comunicó a su hermana Antonia lo que le había dicho la Santa Señora y corrió
ésta a la habitación de la enferma para comentarle lo que decía la pequeña
vidente... la anciana madre, conociendo los atributos de la más pequeña de sus
hijas, humildemente se dispuso a acatar la voluntad de Dios.
Muertos sus progenitores, quedaron su hermana Juana y Luis que sólo vivió 7
años. Casadas las hermanas mayores: Cristina, Bernardina y Lucrecia, la familia
se redujo a Francisco, Antonia y Úrsula. Puestos de acuerdo los tres, hicieron
de su hogar un pequeño convento.
-“¡Si supierais cómo ama Jesús a los que se
esmeran en servirlo ...fiel amante es el Señor!”
Mientras Francisco se prepara para el sacerdocio, apóstol en el ambiente
familiar, se dedica a instruir a sus hermanas en la teoría y la práctica de la
sólida piedad evangélica. Les inspira amor al retiro, al ayuno, a la guarda de
la presencia de Dios. Pero el Señor les deparaba pruebas más duras a su
capacidad de sufrimiento...
(Continuará)
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