Historia de un semillero en tierra infértil.
Seminario Teatino de Atizapán
Lic. B. Mariana Méndez Gallardo
Fue el día 5 de septiembre de 1966 cuando se procedió a la erección canónica de uno de los noviciados, en aquella época, aún de la provincia de los Estados Unidos de América, la Provincia Religiosa de la Purísima
Santa María Virgen, en Atizapán de Zaragoza, Estado de México. Esta casa fue dedicada al
santo Cayetano, reconocida legítimamente con gozo y alegría como casa de nuestra orden de Clérigos Regulares Teatinos en México, “previniendo toda avenencia, las que por derecho se requieren a norma de los sagrados cánones del Código de Derecho Canónico y de las Constituciones de la Orden”
[1]. Fue entonces cuando, el “Seminario de Atizapán”, surgió como casa de formación para el noviciado de la Provincia estadounidense.
La construcción del seminario se remonta a la historia de un cerro árido, seco, y sin ninguna esperanza de fertilidad, “olvidado de la mando de Dios”. Se trataba de un cerro “pelón” que sólo veía su posibilidad de ser terreno de carbón. Todo este cerro formaba parte de la Hacienda del Pedregal de Atizapán, perteneciente a la Familia Rojas.
Pero una vez más, la experiencia de la Providencia dio lugar a cambiar las cosas: de una tierra improductiva, la mano providente del Padre la transformó en una tierra productiva, de arraigo y de formación, donde actualmente se encuentra el “Instituto Pedregal”, la “Casa de Retiros San Cayetano” y, por supuesto, la “Casa de Formación San Cayetano” de México. Fue precisamente en este lugar donde un día el Padre Garcidueñas, S. J., bendijo la parte más alejada de la hacienda, porque ese sitio era necesario “dedicarlo a Dios y a la extensión de su Reino”
[2].
Viviendo la familia Rojas en Lindavista, y habiendo muerto su jefe de familia repentinamente, la madre, Doña
Ma. Teresa Rosario Rojas, mujer llena de fe, buscó sacerdote para la celebración del velorio, encontrando, tras larga espera, a un recién llegado sacerdote español. El Padre Andrés Burguera atendió el funeral y no se despegó en ningún momento de la familia. A partir de ahí nació una gran amistad entre Doña Ma. Teresa, la familia, y el P. Andrés. También de esa amistad surgió una gran devoción de la familia Rojas a
san Cayetano, aprendiendo todos a confiar en la Providencia. Y es que, imaginemos: una señora viuda, no muy hábil en los negocios, con algunas deudas por cubrir, de repente comienza a sacar adelante a su familia y los negocios prosperan, todo empieza a mejorarse, generando entonces, en la familia, una devoción a
San Cayetano, Padre de Providencia, que coincidía con la buena hora de la familia y de su fe. Por esta devoción al santo, fue que un día, la Sra. Ma. Teresa Rosario Rojas, llegó con el P. Andrés diciendo “Padre, estoy en deuda con
san Cayetano. El proyecto del que usted siempre ha platicado de querer hacer un seminario será una realidad. Yo quiero donarle un terreno en Atizapán de Zaragoza en la hacienda de nosotros. Escoja el terreno donde usted quiera”. El P. Andrés le dio las gracias por la donación, pero no le hizo mucho caso debido a la gran distancia que había entre Lindavista y Atizapán, ya que los caminos eran de pura terracería, además de que, al parecer, el Padre Andrés buscaba construir el seminario cerca de la Iglesia de San Cayetano que apenas estaba por construirse. Pero poco tiempo después, el Padre Andrés decidió conocer el terreno que estaba por donársele, llegando entonces a la parte más alta aquel cerro en Atizapán que ya antes el P. Garcidueñas había bendecido como esperanza para la fertilidad en Dios. Inmediatamente se empezó la obra y se inició el proyecto bajo una sociedad llamada “Unión y Triunfo”, quedando a su vez resuelta la dificultad del camino, por la construcción de una carretera que conectaría con el camino principal que conduciría al futuro seminario. Se empezaron a hacer las primeras naves de la construcción, justo en el lugar donde actualmente se encuentran las oficinas del Instituto el Pedregal, donde posteriormente se hizo el antiguo comedor del Seminario, siguiendo con la construcción del edificio del Seminario, proyecto a cargo del Padre Blas Bonet, y, posteriormente, dando pie a la construcción de la escuela (encabezada por el Padre Andrés y continuada por el Padre Blas), construcción a la que le siguió la fundación del “Instituto el Pedregal” que, bajo la dirección del entonces hermano José Luis Gordo, C. R. adquirió su fisonomía actual.
Pero ¿cómo leer la erección del Seminario teatino en México? ¿Podemos leer este evento en la vida de fe de la familia teatina como una “Palabra de Dios”, esto es, como una acción inspirada que manifiesta a Dios en medio de los hombres? Aventurémonos a reconocer esta fundación como una acción más de la Providencia y, con ello, la referencia a ser un acto “inspirado” e “inspirador” de la vida del Reino y su justicia.
Cuando se afirma de algo que es “inspirado”, se afirma entonces que es “Palabra de Dios”. Dicha afirmación está justificada en cinco elementos que le dan categoría de tal: el haber sido escrita, proclamada, estudiada, meditada y, finalmente, el carácter profético de la escritura, (que el profeta, haya sido enviado). Además de los elementos enumerados, un acontecimiento histórico, es básico como forma de dar sentido concreto a un contexto que requiere dicho anuncio. Entonces, es evidente que por inspiración se esté entendiendo principalmente la idea de que Dios actúa en un hombre para que éste produzca la “Palabra de Dios”.
La “inspiración” como acción referente al sujeto “Dios”, está vinculada con: “hombre
bajo el influjo de Dios”, el “ser conducido por el Espíritu” y, finalmente, dicho en lenguaje posterior, “soplar dentro o sobre de” (del posterior latín
in-spirare).
Por todo lo anterior se puede decir que la inspiración se refiere a: descubrir a Dios en el acontecimiento que se testimonia; transmitir la interpretación de dicho descubrimiento; escribir aquella interpretación; y finalmente, asistir en el espíritu a quien lee la Palabra para hacerla comprensible y practicable. Con esto se nos explicita que el acontecimiento inspirado toma sentido en el hecho de la “asistencia”, esto es, de la forma en cómo el lector de dicho acontecimiento lo interpreta y testimonia.
Así pues, la erección del Seminario se torna una realidad inspirada a un hombre específico, el Padre Andrés, apasionado por manifestar, por hacer explícito un Dios que acontece providente en medio de las necesidades humanas y que, necesariamente, dicha transmisión del evento que es la providencia en la vida de cada hombre y mujer, debe quedar escrito, concretado, erigido como obra, como testimonio fiel que sea la puerta para dar “de qué hablar“, esto es, que se convierta en una realidad abierta a ser interpretada, a generar expectativas, a recrear el espacio de significación de la comunidad de fieles que se congregan en torno a ella esperando re-significar, a su vez, su visión del mundo, de Dios y de sí mismos, restituyéndose en el amor del Dios Padre que acontece como semillero de vocaciones, no sólo religiosas, sino, sobre todo, cristianas, preocupadas por la formación y transformación del mundo ávido de la experiencia del Dios vivo. Por esto, la inspiración de la que estoy hablando sólo es posible en el marco de ser un testimonio de lo hecho, esto es, una acción viva de lo que en una visión simplista, es una mera construcción pero que, desde una visión inspiradora, es un espacio para la significación de la vida comunitaria según la vida apostólica en busca del Reino de Dios, accesible a ser testimoniada en la vida cotidiana.
Finalizando, podría decir que la inspiración que de la erección del Seminario se pueda decir, radica en ser una interpretación del acontecimiento, esto es, en donde el acontecimiento es testimonio de un hombre que tuvo la confianza de aventurarse a significar la vida de providencia de esta manera, erigiendo una casa de formación teatina en medio de una provincia que aún no se constituía canónicamente como tal, pero que ya se proyectaba como un terreno fértil para la erección del ser teatino, del ser confiado, del ser un abandonado al don de Dios, a ser lectura y palabra del acontecimiento de la Providencia, palabra enmarcada en los lindes de la inspiración. Con esto, lo único que quiero decir es que, de nada sirve la erección de uno, de dos o tres seminarios, de una o de otra casa teatina, de un instituto educativo o de una nueva provincia religiosa si dicha erección queda velada por el paso de los años. De lo que se trata es de traer a la cuenta la pasión que movió a aquellos religiosos, a aquellos laicos, a aquellas mujeres y hombres que confiaron y que necesariamente nos inspiran a seguir en la búsqueda y encuentro del Reino de Dios y su justicia, donde necesariamente, se nos interpela a buscar dicho Reino en comunidad, en encuentro y abandono al Dios que da vida aún a una tierra aparentemente olvidada por Él. Es decir, la carga de verdad de lo “inspirado”, no estará en la realidad escrita, concretada o erigida como edificio, sino en la realidad leída, vivida y testimoniada que de ella devenga. Por esto, la verdad del ser inspirado estará en la actualización del significado, en la interpretación que de los hechos pasados nos toca hacer hoy y que nos inspiran a seguir buscando lo que aquellos encontraron pero que aún falta por completar. Del 5 de septiembre de 1966, aún queda mucho por decir, por hacer, por transformar, por comprometer, por criticar y mostrar alternativas… En fin, por seguir creyendo.

[1] Archivo de la orden de CC.RR., Roma, 5 de septiembre de 1966, en voz de P.D. Cletus Linaris C.R., Vicario General.
[2] Palabras del Padre Garcidueñas, en boca del Don Salvador Rojas.