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Religiosas Teatinas de la Inmaculada Concepción (México)

En todas las religiones el concepto de Dios expresa la existencia de un ente superior al que todo se refiere como un único principio; sin embargo, sólo la religión cristiana nos presenta a Dios como Padre, es decir, como Aquél que no sólo ha organizado las cosas, sino que mantiene con ellas una relación particular de amor y providencia, que las crea y las mantiene.

En el AT se deja ver un vínculo particular entre Dios y su criatura: El Señor da a Adán un mundo que se convierte en posesión suya, plena y exclusiva, con un derecho de herencia y filiación. Como Padre maravilloso le da una compañera y lo constituye en dueño y dominador de toda la creación; sin embargo, el primer pecado rompe las relaciones entre Padre e hijo y, mientras el mal y la desesperación invaden el mundo, la esperanza prometida por la voz del Padre abre un ilimitado horizonte de confianza sobre el trasfondo del drama de la humanidad pecadora.

Jesús revelador del Padre

Con la realización de esta esperanza nacida de la paternidad de Dios, que es riqueza, bondad y misericordia infinitas, se realiza una nueva y total revelación de Dios Padre, que engendra un Hijo que es semejante a Él, en el cual todos los hombres se convierten en hijos, es decir, participan de la misma vida de intimidad y de amor. Jesús es el Hijo de Dios, quien será el “gran revelador” del Padre porque sólo Él lo conoce y forma con Él una sola cosa (cf. Jn 10, 30).

La revelación de esa amorosa paternidad señala para el mundo una nueva manifestación y una experiencia nueva entre Dios y su criatura. De aquí en adelante, el amor divino no sólo se derramará sobre el único Hijo natural de este Padre, sino que por medio de Él también lo hará sobre todos aquellos que el Hijo ha constituido hijos adoptivos. Así, cuando el hombre, por medio de la gracia se inserta en Cristo, es amado por Dios Padre con el mismo amor con que ama a su propio Hijo: «Porque es el Padre mismo quien os ama, ya que vosotros me habéis amado y habéis creído que Yo salí de Dios» (Jn 16, 27).

Jesús sugiere la actitud que todo hermano suyo debería mantener ante el Padre y ante el prójimo que se convierte en hermano nuestro y que es la actitud de amor requerida: «para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, el cual hace salir el sol sobre buenos y malos y manda la lluvia sobre justos e injustos» (Mc 5, 45).

La vida de Cristo tuvo como ideal la meta más alta que pueda tener una vida humana: el servicio de Dios y de los hombres. En este servicio, Jesús hubiera podido moverse libremente, pero para vivir hasta el fondo su anonadamiento salvífico, renuncia a sus propias iniciativas, a sus propios gustos, a su propia libertad para agradar siempre y en toda ocasión a su Padre: «Yo hago siempre lo que es de su agrado» (Jn 8, 29).

Siguiendo el ejemplo de Cristo, nuestra devoción al Padre Celestial tiene que concretarse ante todo en la adoración, es decir, en el reconocimiento amoroso de la paternidad divina: «Llega la hora y es el momento actual en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque esos son precisamente los adoradores que el Padre desea» (Jn 4, 23).

Deberes de los hijos de Dios:
La adoración, la confianza y el amor fraterno

La adoración es una admiración llena de confianza que brota del corazón del hombre con la inquebrantable certeza de ser amado por Dios. Este es un misterio que sólo la fe puede iluminar, pero es una cosa cierta. Esta certeza de amor hace crecer en el corazón, un sentido de ilimitada confianza en la bondad y omnipotencia divinas; es sobre todo, convicción de que Dios quiere intervenir para enriquecer también la vida terrena aunque sea en la perspectiva de la vida futura. La confianza que produce un trato de familiaridad, es fruto de un aprecio respecto de Dios y de un conocimiento de fe que tiene sus raíces en el auténtico amor para con Dios.

El alma que vive de la confianza en la paternidad divina tiene que superar el amor propio natural que espontáneamente guía en el plano humano cualquier acción y sacar sólo de la divina voluntad, los motivos de las propias acciones.

Dios premia al alma confiada haciéndola libre de toda vicisitud humana: Cuando se posee la gracia de confiar la propia vida a las iniciativas del Padre, se adquiere aquella suprema libertad que nos hace dueños de nosotros mismos y de nuestros sentimientos, porque lo confiamos todo a la responsabilidad divina.

El otro deber que brota de la conciencia de ser hijos de Dios es el amor fraterno con que debemos amar al prójimo, ya que todo hombre es un hermano por el cual Cristo dio la vida (1Co 8, 11), al cual el Padre ofreció su propia paternidad y preparó una eternidad de alegría para compartir. Por ello, nosotros cristianos tenemos el deber de amar a todos los hombres como criaturas que tienen una relación con Dios, intentando ayudarlos a profundizar y perfeccionar esta relación.

Esto lleva consigo una superación del egoísmo para lanzarnos al mar abierto en la comunicación social y sobrenatural con todos los hombres, anticipación y preludio de la comunión universal en Cristo mediante su Iglesia.

Sin duda, el más grande regalo que recibimos de nuestro Padre Dios es la fe, mediante la cual, podemos creer en Él, en su amor manifestado en Cristo Jesús, en María, nuestra Madre, en la propia vocación a la vida divina que nos motiva a abandonarnos en sus manos, sin temor, con absoluta confianza en su providencia amorosa y hacernos eco de la oración hecha canción de Charles de Foucauld:

Padre, me pongo en tus manos,
haz de mí lo quieras.
Sea lo que sea, te doy las gracias.
Estoy dispuesto a todo, lo acepto todo
con tal de que tu voluntad se cumpla en mí
y en todas tus criaturas.
No deseo nada más, Padre.
Te confío mi vida.
Te la doy con todo el amor de que soy capaz porque te amo
y necesito darme sin medida, con una confianza infinita
porque Tú eres mi Padre.

 

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Última modificación: 27 de luglio de 2006