
Lic. Jorge Guillermo Monsalve M.
¿Cómo, dónde y cuándo nace Dios, nuestro Padre y Creador? No nace. Existía y
existe en la retrospectiva evolución del tiempo y de la nada. En la inmensidad
del cosmos y en la infinita profundidad de las tinieblas. Brota de la confusión
de los abismos y el polen de la naturaleza.
De su soplo.
De su esencia en sí.
Dios, naturaleza, creación, orden.
Todo acontece en su momento…
Se va conformando cromosómicamente, célula por célula en el universo infinito;
en la frialdad del tiempo, en la luz del espacio. ¡Verdad, mutación y amor!
En un principio, miles de millones de años atrás, el Espíritu de Dios aleteaba
en el cosmos dando vida y orden al mundo.
En ese crear buscaba, dónde y en quién conformar su imagen, su semejanza… hasta
que por fin se definió en el ser que llamó hombre.
Fue en él.
Se reprodujo en esta evolución humana para poblar el universo y regir en él, el
destino de la naturaleza. Dios savia, elemento, color, arte, sabiduría, ciencia,
vida, amor… En Él se conjuga el todo, la naturaleza en sí.
Está en todas partes y en sí mismo.
Es tiempo-espacio, materia-espíritu y vive en su creación.
Es el soplo que acciona la existencia.
“Yo Soy el que Soy”.
En sus inicios, el hombre era nómada y vivía a la intemperie.
Después buscó protección y habitó en cuevas naturales.
Descubrió el fuego.
Poco a poco fue agrupándose, asociándose en mayor número.
Se estableció en llanuras fértiles, donde aprendió a cultivar la tierra, a
modelar y cocer el barro.
Creado por Yahvé, a su imagen y semejanza, el hombre aún tan primitivo, tenía
conciencia. En su evolucionar, su inteligencia le permitió descubrir y palpar la
presencia y el amor de Dios, al que en su vivir dio primerísima importancia,
rindiéndole honores y pleitesía, adoración y culto.
Esta creación de Dios, sabía que existía una fuerza, un ser superior a él y
empezó a invocar su ayuda, a solicitar su protección y a convocar su presencia.
Por falta de conocimiento y dirección comenzó a adorar la naturaleza, lo
material, manifestando su religiosidad a través de lo que él creía que era Dios:
el sol, la luna, las estrellas. Dentro de sus necesidades rituales, empezó a
crearse deidades e ídolos, haciendo florecer supersticiones, paganismo,
corrupción…alejándose así del amor y culto al único y verdadero Dios.
Ante este desacato, Yahvé se vio en la necesidad de dar a sus hijos profetas y
guías espirituales que los dirigieran en su amor y fe y prepararan el camino
para el advenimiento de su hijo Jesús, Mesías y Salvador de la raza humana.
En un pequeño rincón del mundo, en el transcurso de unos cuantos siglos, Dios,
nuestro Padre y Creador, llevó a cabo su alianza con la humanidad.
En ese minúsculo punto del planeta, donde el hombre no podía ver desde su
limitada óptica más que un trocito del espacio y del tiempo, envuelto en su
incultura y hermetismo, pero alentado por su tradición y fe, fue emergiendo el
pueblo de Dios.
A medida que el hombre se multiplicaba a lo largo de estos siglos, se fue
conformando la familia de Yahvé gracias al fervor de sus minorías más
conscientes.
De este modo, en el itinerario del tiempo y la distancia, nuestro Padre trasmite
al hombre su pedagogía para que reconozca y acoja en su Hijo Jesús, el que ha de
llevar a cabo su misteriosa y maravillosa alianza.
A través de los siglos, con esmero y paciencia, Dios se revela a su pueblo y lo
prepara para el encuentro con su Hijo hecho hombre; aquél en quien reside la
plenitud de la Divinidad y se resume todo el misterio del Padre. Todas las
corrientes de pensamiento son producto de una época y envejecen con el tiempo;
pero en la fe, encontramos, no un discurso del pensamiento sobre el hombre, sino
a una persona…al Hijo de Dios en quien el todo de Dios habita en forma humana.
Como Padre, Dios nos educa, nos rige, nos protege y ama…pero si somos rebeldes y
desobedientes, se entristece.
Respeta nuestro libre albedrío y nos deja ser y hacer, pero su corazón se llena
de dolor por nuestro alejamiento mas, si nos arrepentimos sinceramente —corazón
adentro— y rogamos su perdón, Él nos acoge en su seno amoroso y nos perdona
lleno de alegría, como en la parábola del hijo pródigo (Lc 15,
11-32); nos pone a
prueba, como a Job (Jb 1-2); aquilata nuestra fe, como a Abraham (Gn 22,
1-18); nos cuestiona, como Jesús a Pedro (Jn 21,
15); en toda la extensión de la
palabra, es un verdadero padre. Por eso cuando envió a su Hijo al mundo, le
proporcionó padres terrenales que lo protegieran y lo guiaran con amor y
ternura, para que Jesús como hombre, tuviera esa vivencia y experiencia de
familia.
José, un hombre justo y de gran trayectoria religiosa, pero sobre todo, lleno de
amor y respeto por su Creador, fue el elegido por Dios para representar en la
tierra, la figura paterna del Unigénito Divino.
Este Santo varón, descendiente del rey David, de cuya dinastía nacería el
Salvador del mundo, según lo anunciado por Dios a los profetas, sería el que
pondría nombre al hijo que, engendrado por el Espíritu Santo, daría a luz María,
su virgen esposa.
María, también había sido elegida por Dios para llevar a cabo su plan de
salvación.
Los dos, por separado, son visitados por el ángel Gabriel, quien les explica el
rol que cada uno desempeñará en la obra salvífica de Dios. (Mt 1,
18-25; Lc
1, 26-38) Padre, madre e hijos, pilares fundamentales de una familia.
En su seno se cultivan los valores que servirán de ejemplo a futuras
generaciones.
Todo lo que somos y el aprendizaje que desarrollamos en nuestro paso por el
mundo, lo debemos generalmente a nuestra base de datos obtenida en el núcleo
familiar y Jesús no fue la excepción. Aprendió de José y María, sus padres,
todos estos valores humanos, que elevados a su Divinidad, trasmitió a sus
discípulos y han llegado a nosotros a través del tiempo y la distancia, gracias
a la fe y a la tradición apostólica. Todos estos valores debemos mantenerlos
vivos y actualizados para trasmitirlos a nuestra sucesión.
¡Amor, perdón… sabiduría!… imagen de la actividad de nuestro Padre Celestial.
Reflejo de su perfección… Cristo Jesús. Estamos en las manos de Dios, nosotros,
nuestras palabras, nuestras reflexiones y nuestras habilidades.
Él nos ha dado el verdadero conocimiento de la realidad: La constitución del
universo y las propiedades de los elementos; el comienzo, el fin y el
entretiempo; las posiciones del sol y la alternancia de las estaciones; los
ciclos del año y el movimiento de las estrellas; las diferentes especies y el
comportamiento de las fieras salvajes; el poder de los espíritus y los problemas
de los hombres; la variedad de las plantas y las propiedades de sus raíces.
«Supe, pues, todo lo que está oculto y todo lo que se ve, puesto que la
sabiduría que lo ha hecho todo me lo ha enseñado. En ella se encuentra un
espíritu inteligente, santo, múltiple, ágil, móvil, penetrante, puro, límpido,
no puede corromperse, orientado al bien y eficaz. Es un espíritu irresistible,
bienhechor, amigo de los hombres, firme, seguro, apacible, que lo puede todo y
vela por todo, impregna a todos los otros espíritus por inteligentes, puros y
sutiles que sean» (Sb 7, 16-23).
¡La Sabiduría es la irradiación de la eterna luz, que lo renueva todo,
generación tras generación!
El hombre en su andar a ciegas sin sabiduría, se extravía, se desvía del camino
por falta de auténticos valores, de conocimiento verdadero y dirección. Falto de
amor…naufraga. Es entonces cuando es necesario ponerle señalamientos, flechas e
indicaciones para guiarlo en la dirección correcta. Luz para iluminar su
oscuridad… y aún así… se pierde, se descarrila.
Más, si en su obcecación desprecia la iluminación y prefiere vivir en la
oscuridad; esa es su libertad, su libre albedrío.
Para el que sigue el camino de Dios, nuestro Padre y Creador, la paz será por
siempre su morada, disfrutará la vida… Pero, el que lo abandona rechaza el amor y
el perdón, cambia la luz por las tinieblas y se sumerge en el mar de la apatía y
de la incomprensión.

Yo insisto y seguiré insistiendo, machacando sobre lo mismo. Ejemplos a seguir,
tenemos muchos, pero el mejor ejemplo eres tú; Dios es en ti, en mí.
¡Dejémoslo ser… hagámoslo brillar… seamos su vehículo!
Rescatemos los valores perdidos y conformemos una verdadera y ejemplar familia.
Si hermosamente tenemos un Padre, emulemos a san Cayetano, enarbolemos la
bandera del amor y la caridad y humildemente comportémonos como sus hijos.