La comunidad teatina de la Malintzin,
un reflejo de la paternidad de Dios
Lic. B. Mariana Méndez Gallardo
«... Yo mismo, anciano, soy peregrino que da Fe del acontecer». Estas fueron
las palabras con las que el Arzobispo Primado de la Arquidiócesis de México, Don
Luis Mario Martínez en el año de 1949, expresó el deseo de erigir una nueva
Vicaría Fija, bajo el título de Nuestra Señora del Sagrado Corazón de Jesús,
vicaría que formaría a su vez la segunda comunidad confiada al cuidado de los
Padres Teatinos en México. Más aún, con estas mismas palabras de aquel
Arzobispo, nos unimos a la conmemoración de los cien años de la fundación de la
comunidad Teatina en los Estados Unidos de Norteamérica, Provincia de la Señora
de la Pureza, haciendo memoria de cómo fue ésta específicamente la comunidad de
Durango en Nuevo México, quien comandada por el padre Antonio Sagrera en México,
buscó secundar el llamado “desdoble misionero” pronunciado por el entonces Papa
Pío XII: «el Clero de los Estados Unidos de Norteamérica, deberá ayudar
apostólicamente a Latinoamérica». Fue gracias a la respuesta de la Provincia
estadounidense que la entonces vicaría y ahora
Parroquia de Nuestra Señora del
Sagrado Corazón y San Cayetano, acontecieron en el caminar Teatino en tierras
mexicanas.
La incipiente vicaría se ubicó en la también recién formada Colonia de la Nueva Tenochtitlán y Malintzin en el Distrito Federal; de aquí que, en nuestro afán de
“hacer memoria”, nos apeguemos a los testimonios vivos de dos personajes
importantes dentro de la historia de esta comunidad: Por un lado está el Padre
Aarón Guadalupe Vega, C. R., primer consagrado Teatino mexicano, quien fue el
último párroco de esta comunidad (antes del actual); en segundo lugar, está la
figura de Don Concho Torres, colono y seguidor del camino de san Cayetano en el
quehacer teatino de la Malintzin. Es así que, en palabras del Padre Aarón, la
entonces recién formada comunidad se erigía «a una mirada del Tepeyac, a una
sonrisa de la Catedral, a una caricia del Peñón [...] Cuando ya había
desaparecido el espejo del lago, brotaron los ríos y los grandes canales, entre
los cuales se agremió muchísima gente que resintió las consecuencias de la
Revolución. Así, puedo decir que junto al Río Santa Coleta y al Río Consulado,
muchos años más tarde desahogados por el Gran Canal, desaparecieron los Tules y
los pequeños lagos que se hacían con las frecuentes inundaciones. No obstante,
nació la Colonia Nueva Tenochtitilán y junto a ella, la que protagoniza la
sublimidad de una raza en su cualidad de nobleza y grandeza, Doña Malintzin».
Es así que la nueva comunidad Teatina no podría entenderse separada del origen
de esta colonia, de esta gente que se congregó en torno a una búsqueda común: el
caminar que como pueblo conforma su identidad de hijos (prole), de trabajadores
y servidores.
El relato de Don Concho, por su parte, nos remite a un incansable deseo de
continuar la obra de san Cayetano por parte de los Teatinos en México,
específicamente recordamos al padre Mateo Barceló de quien Don Concho nos habla
como aquél que, desde el día de su llegada, se mantuvo atento y en contacto con
la gente de la Colonia, permaneciendo en la Vicaría de Nuestra Señora del
Sagrado Corazón hasta el día de su muerte. Varias fueron las asociaciones que
acompañaron a los Teatinos recién nacidos en esta Colonia, particularmente la
Asociación de la Vela Perpetua, el grupo que comenzó a funcionar en la fundación
de esta comunidad. Posteriormente asociaciones como la del Sagrado Corazón de
Jesús y la Asociación de San Cayetano, de la que Don Concho sigue siendo
actualmente presidente. Estas asociaciones fueron trabajadas en el servicio de
la extensión del Reino acompañando y siguiendo a los Padres Teatinos. Es así que
podemos entender las palabras con las que el Padre Aarón define a la comunidad
de la Malintzin: «Es una colonia proletaria, con devoción a sus pastores, cariño
y amor al seguimiento que, de común acuerdo, implica la vida cristiana en
conjunto con la comunidad religiosa».
La vicaría hasta entonces llamada “Nustra Señora del Sagrado Corazón de Jesús”
fue elevada a Parroquia en agosto de 1975, tomando el nombre de “Parroquia de
Nuestra Señora del Sagrado Corazón y San Cayetano” y teniendo como primer
párroco y guía al reverendo padre Cayetano Rosell, C. R. Dicha parroquia desde entonces, ha
tenido encargada la región comprendida entre Río de Santa Coleta, Avenida 101, Río
Consulado, Eduardo Molina y el Gran Canal en la Colonia Nueva Tenochtitlán,
Malintzin, así como 15 manzanas de la Colonia Gertrudis Sánchez.
Es curioso hacer memoria de la fundación de esta comunidad a la par del
nacimiento de una de las colonias tradicionalmente más populares en la ciudad de
México, en la que ambos orígenes se fusionaron y se sustentaron mutuamente;
donde la Vicaría de Nuestra Señora del Sagrado Corazón no sólo vio nacer a la
Colonia, sino también participó activamente en su vida popular haciendo
comunidad; en donde la Colonia le dio cabida y nacimiento a lo Teatino en medio
de su búsqueda por la vida religiosa y comunitaria. Es justo en este sentido
donde podemos leer la fundación de esta comunidad en paralelo a la necesaria
correlación que existe entre padre e hijo, entre Dios Padre con sus hijos. Un
padre sólo lo es por la existencia del hijo, esto es, su identidad se la otorga
otro que es menor que él, un hijo que depende a su vez de su padre para llegar a
la vida y para permanecer en ella. Se trata entonces de comprender cómo la
palabra “Padre” nos remite a una relación recíproca donde el Padre es padre por
su hijo y el hijo es hijo por el padre que le da la vida y le permite subsistir
en ella. Así es como ya desde el principio “Padre” implícitamente nos lleva a
una situación de necesaria relación, cercanía, preocupación y cuidado por el ser
del otro que me hace ser lo que soy: ser padre o ser hijo. La fundación de una
vicaría como la de la Malintzin, nos ejemplifica la necesaria “mutualidad” entre
los miembros de una comunidad religiosa, donde el cuidado por el otro y su
sustento en la vida, la convivencia cercana que haga de los instantes de sus
miembros la posibilidad de ser más humanos, es la identidad que la define
verdaderamente como comunidad, caminando y recreándose a sí misma como inquietud
y corresponsabilidad común y no sólo como una mera “ficción comunitaria” que
esconde el desinterés y el egoísmo de mirar el rostro de los otros, ese rostro
que, en último término, resulta el que permite mirar el rostro propio, el que da
identidad a quien lo mira y lo atiende otorgándole la posibilidad de descubrir
para sí, un rostro más encarnado en la humanidad que busca y que encuentra apoyo
en el rostro de Aquél que sustenta, que recrea y fundamenta; un Otro que podemos
llamar Dios a la manera de Padre.
Cuando se recurre a la idea de Dios como “Padre”, generalmente se figura un Dios
cansado, un tanto fatigado por la edad, serio, con voz potente que clama, ordena
y dicta normas, que llama la atención antes que fijarse en el voluntad de sus
hijos. ¿Voluntad? Eso es impensable en el esquema de la figura paterna
tradicional. Sin embargo hoy, hablar de paternidad alude a hablar en términos
más amplios, donde el “padre” ya no se reduce únicamente a la propiedad
tipificada como “masculina” del proveer y del cuidar a distancia, sino ahora se
trata de un “papá” que cuida a su hijos desde lo íntimo de su cercanía, ya no
desde lo extraño de su frialdad, sino desde la calidez y cuidado que provee a
sus hijos de certeza y resguardo, de confianza y sosiego frente a las angustias
y temores cotidianos; que otorga consuelo y alivio en las dolencias y fracasos
y, que en el silencio, sigue y anima a continuar la búsqueda de nuestro ser —que nos incita a ensanchar nuestro horizonte de esperanza para tener a la vez,
más posibilidades de ser, no abandonados a la nada, sino entregados al don de la
vida que se desborda y nos desborda en esperanza. Un ejemplo de este amor
paternal de Dios para con sus hijos lo tenemos en el siguiente pasaje:
En tierra desierta le encuentra,
en la soledad rugiente de la estepa.
Y le envuelve, le sustenta, le cuida,
como a la niña de sus ojos.
Como un águila incita a su nidada,
revolotea sobre sus polluelos,
así él despliega sus alas y le toma,
y le lleva sobre su plumaje.
Sólo Yahvé le guía a su destino,
con él ningún dios extranjero.
(Deuteronomio 32, 10ss)
Es así que la “paternidad” de Dios no se puede comprender sólo en tanto que Dios
es “creador” (engendrador), sino además es importante entender a Dios como
“re-creador”, como Aquél que a cada instante fundamenta nuestra existencia,
sustenta nuestra vida en lo cotidiano, en la necesidad diaria nos provee. Es
esta segunda forma de ver la paternidad divina, la que nos otorga mayor
entendimiento de su consecuente intervención histórico-salvífica, a través de la
cual entabla con sus hijos una especial relación de alianza. Es en esta relación
de alianza donde el Padre prepara y dirige a sus hijos para su actuación en el
teatro del mundo; el Padre da normas, sirve de modelo, abre posibilidades, nos
capacita para mantenernos en la vida, nos orienta y nos acompaña en nuestro ser
y hacer cotidiano recogiendo el calor de lo vivo y personal, de un amor a la
manera del amor de una madre, en el que se lleva a cabo una doble valencia de
amor: el amor incondicional en su infinita capacidad de acoger y alimentar, de
dar fuerza y vida y el amor exigente del Padre, que nos sustenta pero también
nos exige nuestro crecimiento como hijos y como comunidad.
Es en Jesús, donde este símbolo de “Padre” adquiere su dimensión de doble
valencia y, por tanto, de plenitud: intensidad y ternura alimentarán la
experiencia religiosa de la divinidad. En Jesús, la vivencia del Padre como Abbá
(como “pá”), constituye el núcleo más íntimo de su personalidad, centro vital de
una confianza sin límites que aún hoy hace inconfundible su figura. Confianza
que supo contagiar a los demás, es decir, se trata de una experiencia viva que
nos acerca precisamente al llamado que Cayetano, a la manera de Jesús,
experimentó en carne propia. Se trata de vivir a Abbá, esa palabra que con
tintes infantiles y juguetones, introduce una innovación radical en el modo de
dar cauce a la experiencia única de Dios: un Dios que en su ternura, anuncia la
fuerza irremediable de un tiempo nuevo; confianza y ternura, intimidad que
distan mucho de caer en un puro sentimentalismo, que más bien se trata de una
confianza que, a la manera de Jesús, no es freno sino motor; una ternura que no
es debilidad sino capacitación enérgica para la entrega total. Jesús vive, habla
y actúa siempre en la confianza del Padre.
Es necesario apostarle nuestra “confianza” a ese Padre que nos provee para
acceder a un nuevo orden, donde podemos hacer comunidad, donde podemos esperar
mirar el rostro del otro en mi comunidad y poderme constituir como hijo y no
sólo como un miembro más del grupo comunitario. Es en esa confianza que la
“Teatinidad” toma sentido, en la que se espera el confort del Padre que no
olvida las necesidades cotidianas y que, a la vez, nos impulsa a crecer a la
manera de los lirios del campo, hacia las cosas del cielo pero que, desde la
tierra nos exige mirar la necesidad del hermano en comunidad, por el cual me
puedo descubrir a mi mismo capaz de vivir la comunidad del Reino y no sólo el
egoísmo individualista. Es en esta confianza donde descubrimos nuestro ser de
comunidad y, a su vez, la necesidad de servicio y cercanía de los otros, de
acción y reacción a la realidad de los otros, de correlación que nos exige lazos
reales de comunidad y nos impulse a seguir creciendo en el amor filial y
paternal hacia nuestro Dios Padre.
Confiar y descubrir la mutualidad comunitaria fue el legado que la fundación de
la comunidad de la Malintzin nos dejó. Ese confiar se tradujo en servicio,
servicio que se concretó especialmente en los “centros catequísticos”; 17 casas
de parroquianos que se conformaron como espacios comunitarios para llevar a cabo
los cursos de catequesis, siendo un prototipo de catequesis en los años de los
80`s. Así también, la adoración nocturna, el culto a la Eucaristía por parte de
la Asociación de la Vela Perpetua, los grupos de jóvenes, la Asociación de San
Cayetano con su reunión cada mes y la actual sectorización de la zona para vivir
la Misión de Evangelización Permanente, son las formas que nos muestran cómo
esta comunidad, a sus 57 años de fundada, sigue extendiendo el Reino de Dios en
el mundo de lo cotidiano, del trabajo, del hogar mexicano y de la vida
pavimentada de los pobladores de la urbe mexicana.
