Abbá, Padre misericordioso.
Jesús nos revela el verdadero rostro
del Padre
Baltazar Moreno Baeza
La figura del Padre juega un papel fundamental dentro de
nuestra fe católico-cristiana. Él fue quien creó el mundo y el universo porque
así lo quiso, dando vida a todo lo que se mueve dentro y fuera de él. El Padre
es el que nos da la vida y, en un gesto máximo de amor, crea al hombre a su
imagen y semejanza (Gn 1, 27) estableciendo una relación de familiaridad con el
hombre y la mujer: paseaba con ellos, conversaba con ellos. Pero, como es sabido
por todos nosotros, nuestros primeros padres no superaron la prueba de la
confianza que el Padre les dio y rompieron con esta relación y familiaridad de
que gozaban. Con todo, el Padre no los abandonó a su suerte y les prometió que
enviaría un Salvador: Cristo Jesús, que finalmente restableció el vínculo entre
Padre e hijos.
A lo largo de la historia de la salvación el Padre se va manifestando al hombre
de muchas y diversas maneras: a través de la naturaleza, de los acontecimientos
cotidianos y de las relaciones entre los hombres. Dentro del pueblo hebreo hubo
grandes personajes que llevaron sobre sus hombros las enormes promesas divinas:
Abraham, Isaac, Jacob, Moisés, David. El pueblo de Israel logró captar esta
experiencia de Dios y poco a poco fue fortaleciendo la unidad con su Padre
librando los obstáculos de infidelidad y las tentaciones que les presentaban
constantemente las religiones, usos y costumbres de los pueblos vecinos, así
como las disputas entre ellos mismos.
El Padre en el Antiguo Testamento
En el Antiguo Testamento a Dios se le llamaba con diversos nombres según las
tradiciones del pueblo: Por ejemplo, la tradición Yavista llamaba a Dios Yahvéh,
tomando como base el tetragrama sagrado: YHWH (Gn 4, 26). Este tetragrama
consiste en cuatro letras hebreas que entre sí son imposibles de pronunciar; de
esta manera respetaban el nombre de Dios “que no se puede ni siquiera
pronunciar”.
La tradición sacerdotal lo llamaba El-sadday que significa “Dios de los Padres”.
La tradición de los 70 (setenta sabios que según una leyenda tradujeron la Biblia del
hebreo-arameo al griego) interpretó El-sadday como “El Todopoderoso, el
Omnipotente”.
Otro término que también se utilizaba mucho era el de Elohim, que podemos
entender como “Dios de Dioses” o “Más que Todos los Dioses”.
Por último, hay otra forma que se usaba: Adonai, que significa: “Mi Señor es
Dios”.
El Padre en el Nuevo Testamento

Las diferentes formas de llamarle a Dios en el Antiguo Testamento eran muy
buenas y válidas pues hablaban de la cercanía, el respeto y la confianza que le
tenía el pueblo, pero al mismo tiempo, denotaban cierto temor, cierto miedo al
escuchar y pronunciar el nombre de Dios en cualquiera de sus formas. Jesús viene
a dar un enorme giro en cuanto a la manera de hablar y dirigirse al Padre. ¡Y
cómo no va a ser posible esto si es, ni más ni menos, que el Hijo del Padre!
Cuando Dios Padre creyó conveniente, llegada la plenitud de los tiempos, envió a
su Hijo, nacido de la Virgen María. En un desbordamiento de amor nos dio a su
Hijo único, “tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único” (Jn 3,
16) y el
“Verbo se hizo carne, habitó entre nosotros” y participó de nuestra historia
humana.
Jesús nos revela el nuevo nombre de Dios: ¡Abbá!, que en el idioma arameo, el de
Jesús, es la expresión más grande de cariño que un hijo puede dirigir a su
padre: “Padre, papá, papacito, pá”… esto se traduce también como “Padre amoroso,
cariñoso con cada uno de sus hijos, que cuida de ellos”. Por tanto, podemos
decir que tiene dos características principales: la protección y la ternura.
La buena nueva que Jesús viene a traernos es precisamente esa: que Dios nos ama,
que somos suyos, que Él nos creó y por esto también nos da su Espíritu Santo que
nos hace entrar en comunión con el Padre y el Hijo para que juntos podamos
proclamar: ¡Abbá!
La historia humana ha pasado y sigue pasando por grandes catástrofes; sigue
gimiendo en la orfandad, pero tenemos un Padre. Jesús nos lo ha manifestado: “Si
me conocen a mi, conocerán también a mi Padre; el que me ha visto a mi ha visto
al Padre” (Jn 14, 7-9). Dios es nuestro “Abbá”, no hay más
—el medio para
acercarnos a Él es definitivamente su Hijo Jesucristo y, si Jesús es su Hijo,
también nosotros participamos de la filiación divina, es decir, somos hermanos
con Jesús, todos bajo un mismo Abbá. Jesús es el hermano mayor y es quien nos
dirige y lleva hasta el Padre. Esto nos lleva a un fuerte compromiso de fe y de
Iglesia ya que todos formamos parte también, como bautizados, del cuerpo místico
de ésta, nuestra Familia-Iglesia. Es deber nuestro analizar cómo estamos
llevando la relación entre nosotros como hermanos al interior de la propia
familia y al interior de toda la Iglesia. Es cierto que en las familias cada
miembro tiene su propio carácter, su manera muy personal de actuar y de pensar,
pero también es muy cierto que los padres tratan de amar equilibradamente a cada
uno de sus hijos según cada cual necesitare.
Yo invito a todos los padres de familia y entre ellos me cuento yo, a que
reflexionemos sobre las actitudes que tiene nuestro “Abbá” para con sus hijos.
Ya no es el Padre castigador y vengativo del Antiguo Testamento, ahora es el
Padre amoroso, el Padre todo misericordia que es “lento para enojarse y generoso
para perdonar”. Sobre todo, aprendamos de Él la forma de perdonar y la forma de
comprender al hombre, ya que abre los brazos al hijo pródigo y a todo aquel que
se acerca con un corazón arrepentido y dispuesto a cambiar su necia conducta.