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Aleluya.
Una mirada que da vida.
Aleluya

Sor Manuela Corona M., R. T.
(Río Piedras, Puerto Rico, Estados Unidos de América)

Cada año, por estos días, experimentamos una serie de emociones a partir de la Liturgia, la oración, la contemplación de los Misterios de la Vida, Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo. Cuánta paciencia, obediencia, decisión de parte de Jesús Cristo, que está siempre pendiente de hacer la voluntad del Padre, hasta el fin, hasta que entrega la vida. Estas vivencias despiertan en nosotros, cuando entramos en la dinámica del espíritu, unos deseos de vivir nuestro cristianismo de manera diferente, sobre todo, de amar más y mejor, de vivir la pasión por Cristo y por el hermano. Esta determinación va dando cada vez más calidad a nuestra dimensión espiritual; las cosas se ven, por momentos, desde Cristo, y digo “por momentos”, porque luego que pasa la emoción, como que de nuevo se nos olvida que hemos de ser fieles y querer vivir cada vez mejor nuestra vida cristiana, amando a todos sin distinción y de forma muy concreta, dejando que Jesús resucitado nos mire y nos anime a proclamar la Nueva Vida, la Buena Noticia de que la muerte ha sido vencida, de que el gozo, la paz, el amor, pueden estar dentro de nosotros, a pesar del sufrimiento. Cabe preguntarnos ¿Estoy satisfecho, satisfecha de mi vivencia pascual? ¿Realmente me interesa? ¿Lo sigo o lo evado? ¿Qué me satisface de ser su amigo? Hay muchas posturas:

Los enemigos de Jesús estaban satisfechos porque creían que todo había terminado. Su postura era de triunfo; Jesús se había convertido en una pesadilla para ellos. También sus amigos creían que con su muerte había llegado el final. Ya nada tenía sentido. La fe de todos se tambaleó. Sólo María, la madre de Jesús, se mantuvo firme, sin sombra de vacilación. Postura de confianza. María Magdalena no hacía más que llorar. Desconsuelo de la enamorada. Jesús ya no está con ella. Su cuerpo esta en el sepulcro, sin vida. Poco tiempo antes, ella había derrochado una fortuna en perfume para ungirle. Ahora, María, después de muerto, quiso volver a embalsamarlo, una vez transcurrido el descanso legal del sábado judío. Iba cargada de perfumes, camino del sepulcro del Jesús que le había cambiado la vida y se la había llenado de alegría. ¡Pero qué impresión tan fuerte cuando vio la tumba abierta y las vendas depositadas y plegadas sobre el sepulcro! (Juan 20, 1-17) no sale de su asombro, no sabe qué decir ni qué hacer. Se acuerda de los amigos de Jesús y corre a decirles lo que ha visto. Pedro y Juan la escuchan, reciben el mensaje y salen corriendo hacia el sepulcro. Para ellos, esto fue un hecho inesperado, insólito, nuevo; “No habían entendido todavía la escritura que dice que El había de resucitar de entre los muertos”. Los Apóstoles vieron, creyeron y se fueron. Postura de desconcierto. María se quedó allí, junto al sepulcro, llorando... ¡Oh, felices los que lloran porque ellos serán consolados y verán al Señor!

Qué cierto es eso de que “el que persevera alcanza”, (ella se quedó y alcanzó). De pronto el llanto se le congeló. Cuando se vuelve hacia atrás y le ve allí, de pie, junto a ella, ¡qué sensación tan fuerte y extraña le estremece! El la mira, ella lo ve, se miran… qué mirada tan profunda y agradable. “Mujer, ¿por qué lloras? ¿a quién buscas?” -“María”-, -“Maestro”-. Esa mirada llena de vida, de ternura y de amor se imprimió en su mente y en su corazón para siempre y ahora a cualquier lado que vuelva la mirada, lo ve a El y eso le hace vivir llena de gozo y entrega.

El amor es activo, no puede estar quieto, el encuentro con Jesús engendra caminos de búsqueda de hermanos para anunciarles la muy buena nueva. La resurrección de Cristo es la máxima afirmación de que el fin de la vida no es el sufrimiento y la renuncia, sino la alegría y el gozo los que realmente nos hacen testigos de la resurrección y capaces, incluso, de dar la vida.

Sin desconcierto, hagamos lo que Juan y Pedro: veamos y creamos. Como María Magdalena: salgamos y proclamemos que “Este es el día grande en que actuó el Señor” (Salmo 117). Exultemos de gozo con toda la Iglesia porque éste es el gran día de las maravillas del Señor, porque, así como Cristo ha resucitado, nos resucitará también a nosotros y con el auxilio de la gracia que siempre nos da: Anunciaremos tu muerte y proclamaremos tu resurrección, ¡Ven, Señor Jesús!

 

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Última modificación: 27 de luglio de 2006