Las Historietas de
Lanceloto Avelino
R. Sr. Ernesto Aké Trujillo, C. R.
La conversión
Querido lector: que el Dios de Jesucristo, el Dios bueno y
misericordioso nos impulse por el Espíritu a retirarnos en estos santos días de
Cuaresma para prepararnos a morir al hombre viejo y resucitar, renovados, en la
Pascua del Señor, en la Pascua de la vida verdadera.
Nuestro buen amigo, el P. Lanceloto Avelino, en la aventura de la historieta
anterior, nos condujo por los caminos de la espiritualidad, de la conversión y
de la humildad.
Recordemos también cómo el P. Lanceloto aprendió a renunciar a sí mismo y de
esta manera inició el ascenso hacia una vida de perfección.
¡Oh, amigos! ¡Estamos llamados a ser santos! El Padre bueno y misericordioso
desea de cada uno de nosotros que seamos santos. ¿Tarea difícil?... quizás no.
Veamos un dato interesante: los especialistas en espiritualidad dicen que “en la
mayoría de los santos y de las almas interiores que alcanzan la perfección
espiritual se distinguen dos conversiones. La primera tiene lugar cuando deciden
servir a Dios. La segunda cuando enteramente y sin reservas se consagran a la
perfección”.
Déjame decirte que los apóstoles, por ejemplo, tuvieron estas dos conversiones,
y nuestro amigo, el P. Lanceloto, también.
Y si Dios nos desea santos ¿no crees que ahora que estamos celebrando la
cuaresma es un tiempo oportuno para ensayar eso que se llama “conversión”?
¡Podríamos intentarlo! Tratar de penetrar con mucha profundidad en el misterio
de Cristo por medio de distintos signos y acciones: la cruz de ceniza al inicio
de la cuaresma, como signo de humildad; los actos de abstención como un signo
del compromiso de nuestra generosidad y entrega hacia el hermano más necesitado,
que puede estar muy cerca de ti o de mí (padres, hermanos, amigos).
En esta cuaresma el Dios de Jesucristo nos llama como al P. Lanceloto a
convertirnos hacia él; a volver la mirada al Padre que nos ama; a renovar cada
uno de nosotros el bautismo por medio del cual nos ha hecho hijos suyos muy
amados.
Y nos llama también a renovarnos como el P. Lanceloto; a no quedarnos anclados
en aquellos vicios o acciones que no nos permiten crecer; nos llama con amorosa
insistencia a renovarnos, en el ejercicio de la oración mental, diálogo continuo
con el Padre; nos llama con un ansia constante de progreso en la vida
espiritual, a la manera de Lanceloto, diciendo siempre al Señor “Hágase tu
voluntad…”
Amigos... ahí radicaba la vida interior del P. Lanceloto Avelino; y ahí puede
radicar la nuestra.
Querido lector: que el Señor nos conceda encontrarnos nuevamente, resucitados,
con él, renovados en él, en la próxima cita de esta historia.
¡Hasta la próxima!