Transfiguración y luz
Lic. Jorge G. Monsalve M.

A la hora nona (tres de la tarde) después de tanto sufrimiento y suplicio,
agonía y desesperanza…Jesús exclamó “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has
abandonado?” Traspasado de pies y manos por los clavos que sostenían todo el
peso de su cuerpo en la cruz; el dolor que laceraba sus sentidos era
insoportable. Su voz, en ese instante, expresaba la más viva y profunda
desesperación, angustia y aflicción: El límite humano que no soporta un segundo
más. Martirizado y abandonado, se entrega a la voluntad del que lo ha enviado:
“Padre en tus manos encomiendo mi espíritu”.
Sin vida, el cuerpo pertenece a la tierra y en ella es sepultado; pero su
espíritu Celeste, renaciendo al tercer día de sus entrañas, es purificado y
elevado al infinito para reinar en las alturas.
“¡Todo está concluido!”
Jesús tomó hasta la última gota de la copa que Dios le había preparado
especialmente, para llevar a cabo su plan de salvación. Por amor y obediencia al
Padre, realiza todo lo anunciado por los profetas: el Verbo hecho carne
desciende a los infiernos, a la morada de los muertos, de donde retorna
inmaculado al Altísimo y con su resurrección engendra el génesis del
cristianismo: Pascua y Pentecostés, paso y gestación del hombre…principio del
pueblo universal de Dios; fiesta y júbilo de nuestra fe, de nuestro acontecer
cristiano; Transfiguración y Luz de la palabra en la Eucaristía.
“Jesús expiró”. Su vida humana concluyó. El Cordero de Dios fue inmolado para el
perdón de nuestras faltas, sacrificado para el rescate de nuestra libertad; pero
como Hijo de Dios, regresa al Padre para ser glorificado, legándonos en
apóstoles y discípulos su esencia y doctrina, verdad y amor de nuestro Creador.
La Transfiguración de Cristo Jesús, se fue dando lentamente, a medida que fueron
creciendo las raíces y fructificando las semillas de la fe… Fe que a través de
los Siglos, se ha mantenido contra viento y marea… férrea, incólume, porque en
ella se sustenta la luz del amor, la verdad, la esperanza, y se ha alimentado
con la sangre, las lágrimas y las vidas de aquellos que se entregaron en cuerpo
y alma al ejercicio del Evangelio.
Iluminados por la plenitud de la luz que Cristo vino a traernos y escudados en
su verdad, debemos caminar con Él, sin claudicar, ya que al final de nuestro
peregrinar vislumbraremos el arco iris que nos espera con los brazos abiertos,
para hacer realidad las esperanzas.
“Camina, no temas caer… y si cayeras, levántate y sigue adelante”. El caer es lo
de menos, lo importante es levantarse y continuar. Cristo cayó con su cruz, y
cayó varias veces, pero se levantó y alcanzó su meta para enseñarnos a
resucitar, a caminar con Él, a vencer obstáculos. Nos llenó de su espíritu para
unificar y conformar, como cristianos, su cuerpo, amor, luz, verdad… ¡Su
universo!
Muchos son los que dudan de la existencia y divinidad de Jesús, otros tantos, le
inventan mil leyendas y aventuran conjeturas sobre su ser. Algunos otros lo
reseñan como un personaje mitológico, le suman, le quitan, lo vulgarizan; hasta
de las piedras le sacan hermanos, le ponen esposa, le multiplican oficios y lo
definen como político y revolucionario… Pero todos, absolutamente, hablan sobre
Él. Se ocupan de su persona, escriben y polemizan, dan conferencias e imparten
cátedras; editan libros para decirnos de Él lo que más ignoran. ¿Cuántas cosas
extrañas y paradójicas en torno a su ser?
El científico investiga y con su ciencia, tira al cesto de la basura todo lo
relativo a la fe: ciencia y fe son incompatibles. El charlatán embauca y
confunde. El incrédulo, no obstante viendo la miel rebosando en el panal, duda
de la abeja, no cree y niega. El escéptico duda, o simula dudar, de lo que está
probado de una manera evidente e incuestionable.
Todos aseveran tener en sus manos la verdad. ¿Cuál...la suya?
Sea la que fuere es lo de menos, lo elemental, es que nosotros como cristianos
la respetemos. Dios nos dio libre albedrío…libertad de pensamiento, no tenemos
por qué ser radicales e intransigentes; debemos ser tolerantes y pensar que
todos ellos venden su verdad, viven y se mantienen de sus cuentos. Nosotros
sabemos cuál es la verdad; conocemos nuestro sentir, lo que bulle en nuestra
esencia. Palpamos con el corazón ese amor y esa fe que nace del alma y de la
cual tenemos pruebas irrefutables. No se mueve, como lo hicieron los apóstoles y
otros muchos, por una apariencia o un mito. No son sólo palabras las que
pronunció categóricamente Pedro, con verdadera valentía, al afirmar y testificar
«Éste hombre ha quedado sano en el nombre de Jesús de Nazaret a quien ustedes
crucificaron y a quien Dios resucitó de entre los muertos y nosotros somos
testigos de ello. Miren lo que puede la fe en su nombre» (Hechos 3,
12-16).
La justicia de Dios ha triunfado y seguirá triunfando sobre la injusticia del
hombre, exaltando gloriosamente a su derecha al Unigénito resucitado y
constituyéndolo Señor del mundo y de la historia, amor y verdad de la palabra
del Padre, que bajó del cielo. Lo colgaron de un madero hasta quitarle la vida y
fue introducido en la tierra, donde dejó enterrado el pecado y la maldad que
había arrancado del cuerpo y del corazón del hombre durante su ministerio, y
retoñó en el Ser Divino y perfecto que era antes, entrelazando el cielo y la
tierra con su espíritu.
Jesús, Dios y hombre verdadero, unidad en el pensar y el sentir, luz de nuestra
fe y transfiguración de la verdad, es el pan nuestro de cada día. La claridad en
las tinieblas, vida, salud, libertad y salvación.
Jesús está vivo y vive en cada uno de nosotros… limpiemos su templo. Empecemos
por cambiar nosotros sin esperar a que cambien primero los demás. Deshagámonos
de vicios y pecados. Enterremos el egoísmo que rompe y corrompe la relación con
Dios y nos aísla del mundo. Resucitemos limpios para Él, para nosotros, para
todos.
Hagamos de esta Pascua una verdadera resurrección, practicando la misericordia,
la caridad, el perdón. Humanicémonos para estar más cerca de Dios, siendo más
congruentes, comprensivos y entendidos para con nuestro prójimo.
Amemos como Dios nos ama y vivamos por Cristo, con Él y en Él pues Cristo es de
todos y todos somos, por su sangre, hijos de Dios.