¿Y la conversión, dónde quedó?
Lic. Mariana Méndez Gallardo
«La Iglesia, enviada por Dios a las gentes para ser “el sacramento universal de
la salvación”, por exigencias íntimas de su misma catolicidad, obedeciendo al mandato
de su Fundador, se esfuerza en anunciar el Evangelio a todos los hombres» (Ad
gentes, n. 1).
Con el anterior apartado, el Concilio Vaticano II ha querido afirmar la misión
esencial de la Iglesia: el anuncio de la salvación a todos los hombres… Pero,
¿En qué consiste o cómo entender esa salvación anunciada? ¿Salvados de qué? El
anuncio del Evangelio se entiende como salvación de Dios para todos los hombres
en tanto que es buena noticia, cambio de órdenes (“…los últimos serán los
primeros, los primeros los últimos”), nueva identidad y por tanto escucha para
los que en el orden humano no tienen reconocimiento de los hombres: los
marginados (leprosos, viudas, samaritanos —en el contexto judío—, niños de la
calle, minusválidos, ancianos, madres solteras, desempleados, enfermos virales,
indígenas, homosexuales…). Así, la salvación es tal porque libera de todas las
esclavitudes humanas.
Es entonces que podemos comprender los dos objetivos básicos de la
evangelización: la conversión y la liberación. La conversión: se refiere a la
respuesta que debe suscitar la acción evangelizadora en la persona. La
liberación: expresa la transformación que esta respuesta ha operado en su vida.
Es más, la conversión implica una toma de conciencia que suscita una respuesta,
una respuesta transformadora que conduce a la liberación. La conversión es pues,
conversión-liberación.
Ahora bien, la liberación implica hablar de “libertad” humana, y se afirma que
la libertad nos ha sido dada, dada para su realización: el amor. Sin embargo,
¿qué es la libertad? ¿Existe la libertad absoluta? Y más importante, ¿en qué
momento podemos entender la capacidad humana como noción cristiana de la
libertad? La libertad la entenderemos como la posibilidad de elección, ella por
tanto será potencia, empuje, fuerza liberadora, la cual, a su vez, dictará un
margen de autonomía.
Ahora bien, si partimos de que el hombre es un ser inacabado, que se está siendo
y haciendo a cada momento de su vida, entonces la libertad tampoco está
determinada a un fin definitivo, ella está también en proceso. Sin embargo, la
libertad en tanto que pertenece al ser contextual que es el hombre, está
determinada de alguna manera; las libertades también dependen de otros
determinantes (instituciones sociales y económicas, familia en la que nacemos,
país y cultura, por ejemplo). Es por esto que la propuesta cristiana entiende a
la “libertad” como “liberación”, como esta libertad que está en proceso, y que,
en su desarrollo, exige la eliminación de las principales fuentes de privación
de libertad: la pobreza y la tiranía, la escasez de oportunidades, las
opresiones personales y comunitarias: el acortamiento del horizonte de esperanza
para los hombres y mujeres. Así entonces, la conversión-liberación, será la
misión eclesial entendida como proyección, como promoción, como ensanchamiento
del horizonte de esperanza de los hombres. Por esto, es aquí donde se inserta la
condición ética; la libertad por sí misma no es ética, ella es pura posibilidad
de elegir y de elegirse, su carácter ético le viene en el matiz añadido que,
sólo por opción, que sólo por toma de conciencia, somos capaces de introducir en
nuestra libertad. Es en este momento donde la libertad se convierte en
liberación, no sólo de quien la ejercita, sino de los otros con quien se
ejercita y, más aún, de comprender que en la medida en que el otro, mi hermano,
es libre, también yo lo estoy siendo. El sentido de comunidad emana del ser
libres, liberados y conversos.

Esta ampliación de posibilidades por elegir recae en el ámbito personal,
económico, social y comunitario. De por sí tenemos la capacidad de ser libres
(de ser hombres y mujeres en proceso electivo), ahora toca situarnos en mejores
condiciones para el desarrollo de dicha libertad. El cristianismo es esta
opción. Y es que la toma de conciencia y la consecuente respuesta que es la
conversión-liberación, no nos vienen de nosotros, nos viene de nuestra relación
con el Padre en Jesucristo por el Espíritu. Y es este Dios quien por su gracia
nos otorga una nueva visión, una nueva perspectiva que nos capacita para mirar
al mundo de otra manera y nos orienta, por medio de la vida de Jesucristo hecha
carne, el camino hacia donde se ensancha el horizonte de la esperanza humana: el
Evangelio. Así, la libertad es capacidad de apertura de mayor bagaje electivo,
no estar tan condicionados para nuestras elecciones humanas. Donde la pobreza,
la marginación o la exclusión no sean factores que determinen nuestro ejercicio
electivo, en último término, humano. Por tanto, la salvación no es más que
humanización que, por medio de la conversión-liberación nos encontramos a
nosotros mismos y a nuestros hermanos, liberados, libres. Dios no nos quita
nuestra libertad; Dios no nos condena a aceptarlo. De aquí que su salvación esté
dada, pero todavía no, “ya, pero todavía no”, en tanto que Cristo ha vendido y
nos ha salvado, pero aún nosotros hemos de optar por Él. Entonces, la salvación
ya está dada de antemano, ella en tanto creación, es decir, por ser creados
estamos salvados; entonces la historia de la salvación se explicita como gracia,
como don dado. Sin embargo la existencia humana por estar salvada no significa
que de antemano sepa o elija estar salvada. Aún dentro del hecho contundente de
la salvación, cabe el espacio de la elección.
La salvación se vincula con una promoción de la libertad humana, es decir, la
salvación no es otra cosa más que posibilitar los medios para hacernos hombres y
mujeres, ella supera los obstáculos de la finitud y el juicio humano, sus
órdenes y sus falsas libertades. Por tanto, la salvación está intrínsecamente
relacionada con la ética en tanto que la posibilidad de ser hombres se vincula
con un “ser reconocido”, por el Otro (Dios) o por los otros. Este reconocimiento
se esclarece en la medida en que los otros también se vislumbran hombres y
mujeres libres. La salvación y la ética se desenvuelven en el paradigma de la
comunidad, comunidad que reconoce. Pero aún dentro de este reconocimiento
comunitario, cabe la elección de no optar por la conversión-liberación, de no
ser éticos. De sesgar las posibilidades para ser libres, para ser mayormente
humanos. Y, puesto que la salvación está dada a hombres libres, entonces en los
hombres, en su afán realizativo (estarse haciendo), cabe el margen de la
experiencia, de ensayo y error, en donde el error no está excluido por ser seres
salvados. Este equívoco está también dentro de la historia de la salvación,
donde el hijo pródigo, aún al haberse alejando de su padre amoroso, regresa y es
recibido. La libertad se vincula con un ambiente de liberación en términos
éticos de convivencia humana, de aceptación del otro, pero también en términos
cristianos.
En esta cuaresma, asumamos la invitación a la conversión, asumamos nuestra
capacidad para elegir ser liberados y entendamos y vivamos la experiencia
comunitaria, única experiencia que posibilita la verdadera
salvación-conversión-liberación, única acogida del Otro (Dios) y de los otros
(hermanos) que nos otorga el sabernos amados y capacitados para amar aún más y
ensanchar el horizonte de esperanza de aquellos que, desde los órdenes humanos,
son excluidos de la misma comunidad.