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Conversión
Camino a la verdadera Libertad

Baltazar Moreno Baeza

Uno de los temas más adecuados para reflexionar dentro de la Cuaresma es la conversión. Para hablar de conversión primero veamos cuál es el marco que la rodea. Se enmarca dentro de la Cuaresma que es otro momento importante dentro del año litúrgico de la Iglesia Católica. Nuevamente el Señor nos regala este momento para hacer un alto en nuestra vida cotidiana, o mejor dicho, para darnos la oportunidad de abrir un poco de nuestro carrereado tiempo para hacer una revisión de vida y de actitud frente a Dios nuestro Señor y frente a nuestros hermanos, llámese familia, vecinos o conocidos.
En primer lugar tratemos de recordar lo que es Cuaresma. En un significado simple sabemos que son cuarenta días que van del miércoles de ceniza (que en este año corresponde al 1° de marzo) al domingo de Ramos (correspondiente al 9 de abril). En segundo lugar, este tiempo evoca momentos muy importantes dentro de la historia de la salvación y del mismo Jesús, Señor nuestro. Evoca los cuarenta años que el pueblo de Israel, el pueblo del Señor, caminó bajo la tutela de Moisés (Éx 15, 22) buscando la realización de las promesas divinas hechas a nuestros primeros padres Abraham, Isaac y Jacob (Éx 3, 7-12). Estas promesas contenían la esperanza de que el pueblo llegaría, después de tan largo caminar, a un lugar que manaba leche y miel, es decir, un lugar pleno de vida, de libertad, de justicia y de derecho. Es muy recomendable hacer una lectura pausada de los acontecimientos que se dieron lugar en esta etapa del pueblo de Israel ya que en ella veremos a un pueblo unas veces muy animado, muy entusiasta para seguir los mandatos de Yahvé, su Dios, y otras muchas veremos a un pueblo testarudo y de dura cerviz que se impacienta e incluso le da la espalda a su Dios. Por otra parte, evoca también en esta misma etapa, los cuarenta días que pasó Moisés en la montaña de Dios, el Sinaí, preparando los estatutos que guiarían a los israelitas durante su vida: las tablas de la ley, los mandamientos de Dios. Y, finalmente, evoca también los cuarenta días que pasó Jesús en el desierto (Mt 4, 2) preparándose para la misión que su Padre le encomendó: el anuncio del Reino de Dios.

En tercer lugar tenemos un significado más teológico que se refiere al número cuatro que representa a los cuatro puntos cardinales: norte, sur, este y oeste, dando por asentado también el significado de totalidad, es decir, cuatro o diez veces cuatro o cien veces cuatro es la totalidad del actuar de Dios en la historia que se dirige en todas direcciones. De este modo, podemos entender que no necesariamente tienen que ser cuarenta días en los que debemos estar preparados para hacer un cambio de vida o para realizar una misión especial en un momento preciso; sino, más bien, siguiendo el evangelio que nos dice: “estén siempre en vela y preparados para la venida del Señor”. Esto es la Cuaresma en palabras simples: estar siempre atentos, en vela.

Por eso estén preparados, porque no saben ni el día ni la hora: Mt, 25, 13Ahora sí, toda vez que recordamos el marco litúrgico, histórico y teológico de la Cuaresma, veamos que la conversión es uno de sus mejores temas. Comencemos por separar la palabra conversión ayudados por el idioma latín, nuestra lengua madre. Conversión se compone de la conjunción en español con y de la disyunción latina versus que significa la disyuntiva “o”, es decir, o uno u otro; o bien, con una cosa o con la otra. “Conversión” podemos decir, entonces, que es la elección de dos entidades, llámese forma de vida, forma de pensar o de ser. Para nosotros como cristianos, es radical el término: conversión es cambio de vida, cambio de actitud. Es elegir la vida en vez de la muerte, la libertad en vez de las cadenas del pecado, la verdad en vez de la mentira, la caridad en vez del egoísmo, el amor en vez del odio, el perdón en vez del rencor. Así es de radical la conversión, la cual no admite términos medios si queremos llegar a ser auténticos cristianos.

Para entender un poco mejor lo que es la conversión ayudémonos con un excelente ejemplo propio de este tiempo: la parábola del hijo pródigo que todos conocemos (Lc 15, 11). El hijo pide a su padre la parte que le toca en herencia. Muy bien; opta por llevar una vida independiente, lejos de la casa paterna, lejos de las normas de la familia, pero sobre todo, de las normas del padre. Él quiere ser “libre”, valerse por sí mismo. ¿Qué es lo que hace toda persona que se enfrenta sola ante la vida? cree que todo lo puede, que tiene dinero, que puede hacer lo que quiera. Obviamente no tiene ningún plan de vida, mucho menos un proyecto a seguir; no es prudente ni precavido y comienza a derrochar sus bienes en cosas superficiales, vanas y sin sentido. Como es de suponer, se agotan sus recursos, busca trabajo, pero su misma fama lo acompaña. Encuentra trabajo en el más repudiado de los oficios: cuidador de cerdos. Es lo más bajo que puede hacer un judío porque el cerdo es un animal impuro. Pasa hambre, pasa frío y ve que los cerdos, a pesar de ser impuros, tienen alimento. Aquí vuelve la vista a la casa del padre, diciendo: “Cuántos sirvientes de mi padre tienen pan de sobra y un techo para dormir…” es el comienzo de la toma de conciencia y de la conversión. Hace un alto en sus labores y comienza a analizar sus actos y lo que dejó: “Me levantaré e iré a mi padre…” Esta es la palabra clave de la parábola. El levantarse significa que ha triunfado el amor del Padre; el hijo reconoce sus malos actos, su pésima decisión de abandonar la casa paterna. Se dio cuenta que lejos de su Padre sólo hay desolación, hambre, frió, soledad, impureza.

Ésta es la conversión, éste es el cambio de vida que nos pide Jesús para acercarnos de nueva cuenta a la casa del Padre que nos espera siempre con los brazos abiertos, dispuesto a perdonarnos y a hacernos una gran fiesta.

Por eso no desaprovechemos este tiempo de gracia y de conversión porque precisamente necesitamos estar en gracia de Dios para poder celebrar dignamente la pasión, muerte y resurrección del Señor Jesús en la Semana Santa. En este sentido también es necesario reflexionar cómo vamos a vivir nuestra Semana Mayor. Es verdad que necesitamos unos días de vacaciones, nos las merecemos; pero, ¿realmente descansamos? ¿Para qué o por qué tenemos esos días libres no laborables? Dice el evangelio: “den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios…”. Nuestro espíritu necesita alimentarse con la vivencia de los sagrados misterios de la salvación, es decir, démonos tiempo para las cosas de Dios.

Celebremos con toda devoción el Triduo Pascual. Recordemos los acontecimientos que llevaron a Jesús a dar su propia vida y valoremos todo lo que Él hizo por nuestra salvación. Valoremos la gran muestra de amor que nos dejó al querer quedarse con nosotros en un pedazo de pan, instituyendo la Sagrada Eucaristía y el Orden Sacerdotal. Además, esforcémonos por cumplir el mandamiento nuevo: “ámense los unos a los otros como yo los he amado…”. Enfrentémonos con nuestra soberbia y egoísmo para no ser “Judas modernos” que lastimamos a nuestros hermanos. Valoremos el penoso camino que recorrió Jesús rumbo a la cruz, como consecuencia de haber anunciado el Reino a los hombres de buena voluntad, de haber curado a los enfermos, de haber defendido la causa de los más desvalidos y de haber ido contra las normas de las estructuras sociales, políticas y religiosas de su tiempo. Cuántas veces también nosotros tenemos que recorrer un camino lleno de sufrimiento por causa de anunciar el Evangelio en nuestra sociedad, pero Jesús nos anima y esperamos obtener la victoria que Él prometió: la vida eterna que es la Resurrección que celebramos el Sábado Santo en la gran Vigilia Pascual, donde se cumplen todas las promesas de la historia de la salvación y celebramos a un Jesús victorioso que venció a la muerte con su muerte y está vivo y reina por los siglos de los siglos…

 

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Última modificación: 27 de luglio de 2006