Tras el polvo de 40 años del Concilio Vaticano II
Lic. Mariana Méndez Gallardo
Haciendo memoria, el 8 de diciembre del 2005 se cumplió el
cuadragésimo aniversario de la clausura del Concilio Vaticano II. Pero, ¿cuál
fue el motivo principal que lo originó? El Concilio pasó por una primera fase, en
la que la misma ambición de temas a tratar era prácticamente imposible de
reducirlos a una unidad, sin embargo, poco a poco fue necesario abandonar
ciertos temas y se buscó una unidad temática que guiara las reflexiones de este
Concilio. Este intento por delimitar la intención del Concilio fue presidido por
el Cardenal Suenens, quien afirma en 1962 que el principal propósito del
Concilio debería ser mostrar a la Iglesia como luz de las naciones: Ecclesia
lumen gentium¸ así, la Constitución sobre la Iglesia es el núcleo central de la
obra del Concilio. Pero, ¿qué tiene que ver esto con nuestro tema sobre los
seglares y laicos? Resulta que la afirmación central de la Lumen Gentium, es el
laicado como centro de la vida cristiana y, por tanto, eclesial. Vayamos por
partes.
El Concilio Vaticano II marca una nueva etapa en la visión de la Iglesia y en la
teología del laicado. Los laicos son revalorados como sujetos centrales de la
acción de la Iglesia en la sociedad y sujetos activos de la vida interna de la
comunidad eclesial. En toda la historia de la Iglesia, no hubo concilio que
hablara tanto y tan positivamente de los laicos.
En principio, el Vaticano II buscó superar la orientación negativa (un laico es
el que no es sacerdote ni religioso) y definir de forma positiva al laicado. La
opción del concilio fue doble: por un lado, se antepuso un capítulo sobre el
Pueblo de Dios y después un capítulo sobre la jerarquía en la Iglesia: lo laico
precede a cualquier división de funciones ministeriales. Esta forma de elaborar
estos escritos tiene sentido, el “Pueblo de Dios” somos todos los bautizados y
por ende, todos, “sin importar si posteriormente formamos o no parte de la
jerarquía” somos parte activa y esencial de la forma en como se constituye la
Iglesia. Con esto se ponen las bases de una eclesiología de comunión, en la que
todos somos participantes y todos responsables. La Iglesia es una comunidad de
personas convocadas por Dios y que forman un pueblo: la Iglesia somos todos.
Ahora bien, los laicos somos laicos en tanto que somos consagrados por el
bautismo como “Pueblo de Dios”, es decir, somos incorporados por el bautismo a
la vocación que, desde el Nuevo Testamento, es la esencia de todo aquel que se
diga “seguidor de Cristo”: estar en el mundo e ir a todas la gente a predicar el
Reino, vivir en el mundo, inmersos en las realidades temporales, pero entregados
y consagrados a Dios desde ese mundo, a la manera de Jesús. De aquí que la
“secularidad” (la “mundanidad”) sea la característica peculiar de los laicos,
por medio de la cual el laico es definido positivamente (y ya no negativamente
como en otras épocas) por su tarea de transformación y evangelización del mundo.
Así, la vocación laical es el prototipo y la referencia de toda la vida
cristiana, incluso el sacerdote y el religioso tiene que definirse respecto del
laico. Así, desde una perspectiva teologal, lo que diferencia al laico del
sacerdote o religioso no es algo que él no tiene, sino algo que deriva de la
condición bautismal y que le convierte centro de toda visión de Iglesia.
Los sujetos por excelencia del sentido de la fe son los laicos “Oigan de buen
grado a los laicos…” (PO, 9) pues en la medida en que son escuchados, aumenta la
pluralidad interpretativa, en tanto multiformidad de carismas, y, con ello, la
riqueza de percepción frente a los signos de los tiempos. De aquí que, siendo
ellos sujetos de sentido en la fe, se promueva su libertad y campo de acción,
así como la empresa de obras por su cuenta. Es decir, los laicos entendidos como
“sujetos”, en su paso en el reconocimiento público de la Iglesia, son capaces de
dar sentido a la vivencia de fe. Y si los laicos son los sujetos de sentido, se
entiende no sólo como opcional, sino como necesaria la educación, la cultura,
las ciencias, las artes producidas por los laicos, así como la necesaria y
esencial formación de ellos como tarea central de la vida de la Iglesia,
principalmente atendiendo a niños, inclinándose a adolescentes y jóvenes ( AA,
30).
Todo lo anterior tiene sentido para aquél que se dice “Teatino” pues, al buscar
“primero el Reino de Dios”, está asumiendo la condición y vocación primera de la
vida cristiana, el ser laicos, como signo de la necesidad de anunciar este Reino
en el mundo y de dar sentido a la experiencia de fe desde las actividades y
carismas que cada persona pueda tener. De aquí que la llamada “Familia Seglar
Teatina” sea un acierto de los Clérigos Regulares, al promover lo seglar como
pilar esencial para el hacer eclesial. Son los seglares los que enriquecen al
“Reino”, pues el Reino no se puede separar del mundo y de los hombres y mujeres
para los que ha venido Cristo; es el mundo, es la gente, es la diversidad de
laicos quien le da sentido al Reino, un Reino que busca antes que la
uniformidad, la unidad de las diversas personas que lo conforman,
enriqueciéndose de dicha pluralidad y asumiendo la complejidad y el compromiso
que ella implica: dar respuesta real y concreta a las necesidades, esperanzas y
creencias de las personas que asumen la confianza en el Padre. La Familia Seglar
Teatina toma sentido en las aportaciones del Concilio, da respuesta a las
exhortaciones del Concilio y cuestiona los lugares donde los aportes del
Concilio aún no han llegado.

Sin duda, aceptar los aportes del Concilio es un reto que gran parte de la
Iglesia no ha tomado o lo ha hecho de manera aletargada, muchas veces por temor
al cambio frente a lo plural que es la realidad moderna, sus avances y sus
propuestas, pero si realmente buscamos ser Iglesia cristiana, debemos asumir
como responsabilidad de estar en el mundo, dando voz y respuesta a éste. No
podemos pedirle al mundo que calle, pero sí podemos escuchar a ese mundo y
orientar, con una verdadera formación en la libertad, lo que él quiere decir.
Los laicos son ese elemento esencial para oír al mundo, pero también para
hablarle al mundo. La Familia Seglar Teatina, asumiendo este compromiso, debe
estar atenta a la escucha, sensible a la necesidad y lo suficientemente formada,
intelectual, afectiva, religiosa, educativa y socialmente para afrontar este
mundo, no a la manera de las cruzadas, sino a la manera de un Reino que se
inserta en la dificultad y no le huye, sino que la acoge y le trata de dar
respuesta desde la lógica de la Confianza, la Esperanza y la Resurrección. Ser
laico es una vocación universal del cristiano, ser teatino es una expresión de
dicha universalidad, ser seglar teatino es vivir dicha vocación confiando en una
Providencia que no cae del cielo sino que se descubre en las necesidades de las
personas. Ser teatino, hacer pastoral teatina, formar parte de algún movimiento
teatino como Familia Seglar es asumir que antes de la división de ministerios,
está la responsabilidad de dar respuestas de esperanza al mundo, principalmente
al mundo más próximo, al mundo donde nos ha tocado ser teatinos, donde nos ha
tocado ser cristianos.
Glosario

Eclesiología: Reflexión teológica y visión (de fe) sobre la Iglesia.
FST: Familia Seglar Teatina.
Documentos emanados del Concilio Vaticano II citados en este artículo:
AA:
Decreto sobre el apostolado de los laicos
Apostolicam actuositatem.
LG:
Constitución Dogmática sobre la Iglesia
Lumen Gentium.
PO:
Decreto sobre el ministerio y la vida de los Presbíteros
Presbyterorum Ordinis.