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El trabajo de los laicos dentro de la Iglesia. A partir del
Concilio Vaticano II
Baltazar Moreno Baeza
El Concilio Vaticano II vino a ser un parteaguas dentro de la vida de la
Iglesia católica en pleno siglo XX, en la década de los 70's. Convocado por el
papa Juan XXIII, el Concilio recuperó la participación de los laicos en el
trabajo pastoral en apoyo a la jerarquía eclesiástica y a la misión salvífica de
la Iglesia de llevar el evangelio a todas las gentes y a todos los rincones de
la tierra.
Preguntarán por qué se recuperó esta participación... pues porque se había
perdido a lo largo de muchos siglos, ya que este trabajo se hizo exclusivo de la
jerarquía de la Iglesia. Pero tenemos que retomar las fuentes, como el mismo
Concilio nos lo pide.
Leemos en la carta a los Filipenses 4, 2: “Ruego a Evodia y también a Síntique
que trabajen juntas en el Señor. Y a ti Sícigo, verdadero compañero, te pido que
las ayudes; no olvides que ellas lucharon conmigo por el evangelio, lo mismo que
Clemente y los demás colaboradores míos...” y en Romanos 16, 3 leemos: “Saluda a Prisca y a Aquila, colaboradores míos en Cristo Jesús, que arriesgaron su vida
por salvar la mía”.
Es así que decimos que se ha recuperado la presencia de los laicos en el trabajo
pastoral. Pero, ¿quiénes son los laicos? El mismo Concilio nos lo define: “Por
laicos se entiende todos los fieles cristianos, a excepción de los miembros que
han recibido un orden sagrado (sacerdotes y diáconos) y los que están en estado
religioso (los frailes como los franciscanos, dominicos, agustinos y los
Clérigos Regulares como los Teatinos, Jesuitas, Escolapios etc…).
Ahora bien, a los laicos corresponde buscar el reino de Dios a partir de los
asuntos temporales, es decir, los asuntos de la vida familiar, de la vida
laboral, de la vida social, de la vida política, etc. Así es en efecto, los
laicos viven en la sociedad llena de actividades cotidianas, llena de problemas
a resolver. Tienen oficios y profesiones dentro y fuera del hogar y es aquí, a
partir de cada una de estas realidades, que el laico hace presente el reino de
Dios; dejándose llevar por el espíritu del evangelio y santificando todas sus
actividades mostrando así el rostro de Cristo Jesús, salvador nuestro, brillando
como testimonio de vida de fe, esperanza y caridad.
Por otra parte, por nuestro bautismo, también estamos llamados a ejercer el
sacerdocio común de Cristo (sacerdocio bautismal); en otras palabras, también
estamos llamados a ser instrumentos de salvación, llevando esa misma vida de fe.
Es nuestro deber procurar el crecimiento de la Iglesia en los lugares y
condiciones donde la misma Iglesia, por su trabajo parroquial, no alcanza a
llegar.
Yo pienso que los padres conciliares tuvieron aquí mucha visión apostólica, ya
que la Palabra de Dios no llega muchas veces a los lugares apartados de los
centros urbanizados de la sociedad. Los sacerdotes no son suficientes para los
miles y miles de personas que no han escuchado todavía el mensaje de salvación
del Señor Jesús. Y de verdad que son muchos los lugares a donde todavía no llega
este mensaje de salvación hasta el día de hoy. A este respecto dice el Concilio:
“Abrase camino por doquier para que a la medida de sus fuerzas y de las
necesidades de los tiempos participen también ellos (los laicos) celosamente en
la misión salvadora de la Iglesia.” Esto se ha venido haciendo según las
necesidades y posibilidades de cada región o país.
Hay otro grupo de laicos que trabajan afanosamente por el reino de Dios. Son los
que se comprometen de una manera más directa y, además de llevar una vida
familiar, laboral y social piden una instrucción particular y son capaces de
desempeñar algunos oficios eclesiásticos como ministros extraordinarios de la
eucaristía, catequistas, los que sirven en el altar cuando se celebra la
eucaristía e incluso desde el papa Pablo VI hay quienes estando casados piden el
diaconado permanente pasando ya a formar parte de la jerarquía de la Iglesia.
Hay también visitadores de enfermos, consejeros matrimoniales, etc…
Ojalá que nosotros, como laicos, tomemos conciencia de la gran responsabilidad
que tiene nuestro apostolado y redoblemos esfuerzos por llevar una vida llena de
fe, de coherencia religiosa para poder dar testimonio del mensaje del evangelio
llevado hasta los últimos rincones de la tierra.
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