
Religiosas Teatinas de la Inmaculada Concepción en México
Cuando se espera a alguien o algo, como por ejemplo, la
lluvia porque hay sequía y no se puede sembrar, o lo que se sembró no da fruto y
la tierra es árida, la mirada se vuelve larga, más atenta y cuidadosa. Quien
vive eso, lo sabe, mira el cielo, oye el viento, la brisa, por dónde viene y por
dónde va, conoce sus movimientos, así como conoce los movimientos de las nubes.
Cuando no llueve en zonas rurales, entendemos lo que se narra en la Biblia sobre
Elías, el profeta: Elías subía a la cumbre del monte Carmelo, donde se postró
con el rostro entre las rodillas. Dijo a su muchacho: “sube y mira para el mar.”
Éste fue a mirar, y dijo: “No veo nada.” Elías ordenó: “Vuelve hasta siete
veces.” A la séptima vez el muchacho dijo: veo una nube pequeña, como la palma
de la mano, que sube del mar (1Re 18, 42-44). El gesto es sencillo y elocuente: el profeta
espera la lluvia, como la espera el pueblo, la tierra, los animales. Su espera
no es pasiva: sus gestos parecen atraerla, llamarla, invocarla. La cumbre del
cerro es el lugar privilegiado de esta espera, para observar y ver si algo
acontece. La oración (se postró con el rostro en las rodillas), es el gesto más
expresivo de la espera: anticipa, llama, adelanta lo esperado. También su
compañero debe mirar cuidadosamente. Es esta espera, la que hace que la mirada
se vuelva larga y profunda, la vida se vuelve elocuente, habla. En el caso en el
que se espera la lluvia, basta algo, como una pequeña nube, tan pequeña como la
palma de la mano, para que la vida hable, para que el profeta entienda y el
camino continúe en la luz y en la fidelidad.
Esta espera se da entre la escucha de algo, aunque sea el sutil pasar de una
brisa suave o voz de sutil silencio (1Re 19, 12) y la mirada, lo que se ve, que ya es y
todavía no. El “no veo nada”, del compañero del profeta, está acompañado por la
fidelidad de Elías: “vuelve hasta siete veces” (1Re 18, 43). A esta espera se añade también
una profunda familiaridad con el lugar, el conocimiento del ambiente que nos
rodea. El profeta conoce hacia dónde hay qué mirar, conoce desde dónde va a
llegar la lluvia, de qué lado hay qué esperarla: “sube y mira para el mar”. El
lugar no es extraño, así como los movimientos de la vida con su lenguaje, sus
símbolos, sus señales. Si recogemos esos hilos de luces que el pequeño texto del
libro bíblico revela, podemos rescatar algo muy preciso para nuestra marcha.
La elocuencia de la vida
En el caminar de los pueblos, la vida no es un conjunto de acontecimientos
cronológicos sin sentido o envueltos en la fatalidad de un destino desconocido.
Más bien, la vida, la historia, es muy elocuente. Lugar teológico; espacio
sacramental para el encuentro que nos acompaña progresivamente a ver. “En tu
luz, podemos ver la luz”, es el anhelo de hombres y mujeres (Sal 36,
10). De luz en luz, de
transfiguración en transfiguración, la vida es palabra, es acontecimiento
elocuente que revela. Caminando en la vida, el pueblo puede oír la voz (Dt
4, 12) y
contemplar la visión, encuentro que desvela el significado de las cosas.
La inquieta esperanza
La actitud del profeta frente al acontecimiento que debe cumplirse, no es una
actitud pasiva, sino una inquieta espera. Acompaña el acontecimiento, es
partícipe inquieto en la espera de lo que tarda, de lo que no se cumple. Su vida
es como si se encontrara alrededor del acontecimiento, de la señal que tarda en
llegar. La posición de su cuerpo expresa la oración, como inquieta actitud de
espera; deseo que anticipa; sueño de encuentro. Es el ritmo de la caminata del
hombre, que no sólo vive la historia, sino que la espera, la prepara, la ama,
así como se prepara el ambiente para la llegada de alguien, una visita
importante. En esta espera, la criatura humana y Dios se sintonizan, se
encuentran.
La fidelidad y la familiaridad con el lugar

Todo eso no es algo que se da de repente, no es tampoco la actitud de un
momento, exige continuidad, que se denomina fidelidad. Hay que mirar hasta siete
veces. Supone quedarse, volver a mirar, mantener la mirada en la realidad más
cotidiana y sencilla, sin volver la espalda. Se trata de una actitud que nace en
continuidad con la inquieta espera. No abandonar. Discernir el lenguaje de la
vida. Reconocer la misma fidelidad de Dios. Y en ese ritmo y en esa actitud,
quedarse hasta sentir la misericordia, gustar el maná; quedarse hasta reconocer
la voz y la presencia: hasta ver que Dios está y nosotros lo sabíamos.
Si observamos con nuestra mirada interior, veremos lógicamente que hay elementos
muy importantes en la vivencia del Adviento, que nos prepara de manera inmediata
para celebrar la Navidad: Primero, una toma de conciencia de la vida, la
existencia, la realidad concreta que me arropa; para Elías, la realidad era la
sequía, (carencia de agua) y su compromiso profético con el pueblo. ¿Cuál es mi
realidad? Una vez que me encuentro a mí mismo, me descubro orante, así, mi
espera es activa, la oración hace necesario el silencio interior que me facilita
escuchar y entender, la presencia divina. Se darán muchos signos en mí. Tendré
la tentación, tal vez, de dejar las cosas como están, pero la fidelidad al
Espíritu me irá transformando y así se irán sucediendo cambios en mí, los cuales
por fin, harán mi espera más ilusionada, hasta que por fin, mi deseo de
encuentro con Dios, se vea realizado y viva siempre en fidelidad con el misterio
de la vida, de la vocación y mi testimonio sea motivo de regreso, de búsqueda,
de defensa de la vida.
En esta fidelidad queremos caminar las Religiosas Teatinas, atentas a los signos
de los tiempos (Constituciones 2), buscando hacer presente los valores del Reino.

Crónica de bodas de plata
de la presencia de la Hermanas Teatinas en Celaya
Comunidad de Celaya
El domingo 31 de agosto de 1980, salieron de la ciudad de
México, D. F., tres Teatinas: Sor Pilar Longás, Sor Guadalupe Mata y Sor
Guadalupe Lugo, iban con destino a Celaya, Gto., llenas de ilusión a fundar una
nueva comunidad de las Religiosas Teatinas de la Inmaculada Concepción.
Llegaron a la casa de la calle de Hidalgo 309, denominada “PROTECCIÓN A LA JOVEN
ÚRSULA BENINCASA, A.C.”. Las recibieron muy cordialmente tres señoritas que años
atrás habían fundado esta casa: Esperanza Lira, María Teresa Córdoba y Margarita
Quintana. Viendo la necesidad de apoyar a las jóvenes que llegaban a Celaya para
estudiar, que se encontraban sin su familia y se alojaban en lugares poco
adecuados, empezaron a trabajar con mucha generosidad, haciendo desayunos,
comidas y cenas para vender y así comprar una casa para las señoritas.
Lograron comprar un terreno que luego vendieron para adquirir la actual “casita”
como cariñosamente le llamaban.
En 1980, llegaron las hermanas para llevar adelante la obra, gracias a ellas se
le sigue dando a las jóvenes apoyo moral, social y económico; se les acoge con
cariño para que vivan seguras en un ambiente sano, adquiriendo valores humanos y
cristianos.
Han pasado 25 años, gracias a la disponibilidad generosa de 24 hermanas que con
sacrificio han sostenido la obra. Sobre todo, gracias al Señor que les ha
enviado y sostenido en la entrega.
El 31 de agosto del presente año, celebramos de la forma más propia, la
Eucaristía que fue presidida por nuestro querido hermano teatino, el padre Octavio
García, C. R.; estuvo presente la Madre Provincial, sor María F. Ruiz, R. T., y tres
hermanas que vinieron de México.
Contamos con la participación del coro integrado por las hermanas de la
comunidad y las señoritas de la casa. Lo más hermoso fue que todas se acercaron
al sacramento de la Reconciliación y nos alimentamos con el Cuerpo del Señor.
El padre Octavio nos invitó a seguir viviendo la fe, la esperanza y la caridad de
las que habla San Pablo en la carta a los Colosenses 1, 1-8. Me atrevo a
complementarlas con algo del carisma que Madre Úrsula nos dejó. Las hermanas que
han estado aquí, han vivido la fe, cada día al estar a los pies del Señor con
gran paz como nos enseña la Madre Úrsula. Testimoniaron también la esperanza al
entregar su vida cada día haciendo la voluntad de Dios diciendo: Como Él quiere
quiero yo, y enseñando a las jóvenes a confiar en Jesús.
La caridad hace suya la
vivencia del amor en el mandamiento nuevo de Jesús y que la Madre nos insiste:
“Ámense unas a otras…”.
El Señor ha estado grande con nosotras porque vivimos con las jóvenes las 24
horas del día, y no es fácil. También las hermanas “han tenido como único libro
el Crucifijo” y han leído en él, todo el amor que nos tiene y todo lo que le
hemos costado. Sigamos dando gracias a Dios en unión con María que también nos
la dejó la Madre Úrsula como nuestra Madre y modelo, para imitarla en las
virtudes, sobre todo, en la humildad y en la caridad.
Por último, se ofreció una deliciosa cena en la que una de las chicas, en nombre
de todas las jóvenes, dio las gracias a las hermanas presentes por el apoyo
recibido, sobre todo, en los momentos difíciles que han tenido y, en el que han
experimentado el cariño y la cercanía de las ellas. Como muestra de cariño les
obsequiaron una rosa.

Octubre, mes de Madre Úrsula
Comunidad de Lindavista
Con gran gozo hemos celebrado en todos los lugares donde hay
presencia teatina, el tránsito al cielo de Madre Úrsula Benincasa. Año tras año,
su presencia viva nos convoca y anima a renovar alegremente la convicción de ser
sus hijas. La creatividad se ha hecho presente, movida por el amor a la madre,
que nos apremia cada día a mirar y soñar alto, a caminar con pie descalzo,
ligero, hacia la montaña del encuentro, con el amor a cuestas y el deseo
prendido de llegar a la cima. Y no solas, por cierto, sino con todas las
personas que cada vez más se suman sorprendidas a conocer a la Madre y
entusiasmadas por seguir sus caminos.
En las Residencias de México y Celaya, las jóvenes no han escatimado esfuerzos
por preparar una digna celebración, que deje sentir la veneración que le
profesan a la Madre una vez que la conocen. La Eucaristía se ha celebrado en las
dos comunidades, así como la recepción del Sacramento de la Reconciliación. En
Santiago Acutzilapan, todos los estudiantes que han recibido el sacramento de la
Eucaristía, al igual que los maestros y las hermanas, recibieron el Sacramento
de la Reconciliación como preparación a la fiesta, la cual se celebró el día 19
de octubre, con una procesión, la Eucaristía y la comida compartida entre todos.
No hay duda que Madre Úrsula intercede por nuestras labores carismáticas en bien
de todos cuantos nos ven y nos tratan.

De parte de la Casa Provincial y Noviciado se celebró una novena en la iglesia
parroquial de San Cayetano, donde el Párroco, reverendo padre Argimiro Sandín, C. R.
permitió que se hiciera una reflexión acerca de la Madre, durante las misas de
medio día y de las 19 horas. Apegadas a la liturgia del día fueron las
reflexiones preparadas por Sor Teresa, que supo dar el toque teatino a las
mismas. Sor Rosario, utilizando la computadora y el cañón, preparó un mensaje
transmitido en “Power Point” que ilustraban el mensaje de cada día de la novena.
La asistencia de los grupos fue constante, estuvieron muy atentos e interesados
en conocer cada vez más y mejor a Madre Úrsula.
El día de la fiesta, la Eucaristía fue presidida por el Padre Argimiro y la de
las 19 horas por el reverendo padre Ricardo Ledesma, C. R. El coro de las hermanas cantó
durante la celebración. Luego, en el salón parroquial nos reunimos todos en
familia: Padres, Hermanas y Teatinos seglares. Las hermanas profesas del coro y
las novicias, acompañadas de la familia Barrera-Ávalos, ofrecieron un recital de
canciones en torno a la vida de Madre Úrsula Benincasa: “Peregrina en la noche”,
“A la montaña”, “Feliz el que te ama”, “Fiel amante es el Señor”, “Madre
Providente” y “Úrsula acompáñanos”. Estas fueron algunas de las canciones,
interpretadas con mucha unción, ante el beneplácito de los presentes. Después
una merienda con todos los asistentes, alrededor de sesenta personas. Todo
resultó muy familiar, muy cálido y sentido. Quedamos todos de acuerdo en
seguirnos reuniendo para conocer más a Madre Úrsula, lo cual nos alegra, porque
vemos cómo la quieren, la aprecian, la aman y la admiran, ya que saben que esta
mujer, Úrsula, es la mujer carismática que guardó fidelidad al Espíritu, que
escuchó la voz del Señor y la puso por obra. La que vivió el gozo y la alegría
de servir aún en medio de las vicisitudes de la vida. Esta es nuestra madre, la
que nos guía dentro de la Iglesia con una forma muy especial de servir: “SIN MAS
REGLA QUE EL AMOR”. A ella le pedimos con humildad y cariño entrañable: “ÚRSULA
ACOMPAÑANOS, porque a veces no vemos el camino, porque a veces se entibian
nuestros gestos, porque es duro subir a la montaña sin una mano amiga, una
mirada…”.