Las Historietas de
Lanceloto Avelino
R. P. Héctor Ricardo Ledesma Rubio, C. R.
Nos encontramos ya en el tiempo de Adviento, tiempo de
preparación para la llegada del Salvador a nuestras vidas. El Adviento, como la
Cuaresma, es tiempo de cambio, de conversión, pero para ello, antes de llegar a
la Navidad, todos hacemos un examen de nosotros mismos, especialmente en aquello
en lo que hemos fallado, con el firme propósito de enmendarnos. La finalidad es
clara: dejar que Cristo nazca en nosotros, porque la vida del cristiano consiste
en reflejar a Cristo. Somos como un cristal, traslucimos a Jesús, pero si está
empañado no se puede ver, y entonces no logramos reflejarlo. El mismo Hijo de
Dios e Hijo de María que ha abrazado nuestra naturaleza, comprende nuestra
debilidad y enormes caídas, pero nos invita con la fuerza de su Espíritu a
renovarnos. Esto lo vivió de manera ejemplar y heroica nuestro intrépido amigo Lanceloto.
Recordarás, querido lector, que en
el artículo pasado asistimos a la ordenación
sacerdotal de Lanceloto, y decíamos que empezaban sus pininos sacerdotales. Pues
para sorpresa tuya, debes saber que nuestro personaje deja nuevamente su tierra
natal de Castronuovo para dirigirse a la ya conocida Ciudad de Nápoles, para
perfeccionar sus estudios universitarios en la facultad de derecho civil y
canónico. Creo que no tiene nada de malo haber ingresado a la universidad,
porque entre más capacitado estés puedes servir mejor a Dios y a los hombres.
Pero como en todo cuenta más la intención —y tal parece que Lanceloto se llenó
de vanidad y de ambición— porque hacer una carrera profesional para un
eclesiástico, en aquella época representaba no sólo tener mayor preparación,
sino poder adquirir títulos y prestigio, e incluso, riqueza. Lanceloto escribe
sobre cómo la seducción de la vanidad había hecho presa en él. Curioso, el
hombre que no sucumbió ante la tentación de la sensualidad y que siempre fue
humilde, ahora se vio envuelto en un mar de soberbia. Lo bueno es que muy a
tiempo Lanceloto descubrió que se trataba de un engaño, de una trampa bien
preparada por aquél que sólo busca nuestra perdición y que se goza en vernos
derrotados y vencidos. ¡Oh, gran caballero! que como el Quijote no te dejaste
vencer por el mal que te acechaba, que no sucumbiste para irte del lado oscuro,
sino que arredraste al enemigo y lo venciste con astucia, e iluminado por la
gracia llegaste a puerto seguro.
Cómo me vienen a la mente las maravillosas pastorelas, obra de la evangelización
franciscana y jesuita de nuestro México, porque en ellas encontramos una gran
lección de espiritualidad que es totalmente cierta: Los pastores reciben el
anuncio del ángel para ir a adorar al Niño Dios, pero el diablo y sus secuaces
hacen todo para impedir que lleguen al pesebre y sean transformados al ver el
rostro del Hijo de Dios recién nacido. Unos son seducidos por la riqueza, otros
por la vanidad o la sensualidad, a cada cual se le da la tentación en la medida
del deseo y la debilidad. Pero la luz de la fe a través de sus ángeles
(mensajeros) les previene de semejante engaño, y después de un sinfín de
contratiempos, llegan como Lanceloto y Cayetano a adorar al Dios con nosotros.
Hasta la próxima y ¡Feliz Navidad!