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Amor, camino y esperanza

Lic. Jorge G. Monsalve M.

La palabra adviento proviene de la raíz latina adventus, que significa “venida o llegada”. Tiempo de adviento, tiempo de espera; por conclusión: Tiempo de Esperanza. El hombre es un ser con esperanza. Nace, crece y vive de esperanza. ¡Pobre de aquél que no la tiene!, su corazón se seca, sus alas se pliegan y su mente se marchita. Nos marchitamos como hojas caídas; nuestras culpas nos arrastran como el viento y nos consume el fuego de la incertidumbre.

El pueblo de Israel vivió su adviento esperanzado en la misericordia de Yahvé.

Caminando en el desierto en calidad de nómada, supo esperar la tierra prometida.

Entre dudas y esperanzas, caminos y tropiezos, fue creciendo su amor y su fe.

Por momentos se desesperó y confundió el camino… pero supo esperar.

Largas y severas fueron las pruebas que soportó en el destierro, pero confió y esperó en Dios, en la promesa hecha a través de los profetas, en el adviento de un Salvador:

“¿Por qué permitiste, Yahvé, que nos perdiéramos de tus caminos?
Vuelve por amor a tus siervos.
¡Ojalá rasgaras los cielos y bajaras!
Los cerros se derretirían al verte.
Tú eres nuestro Padre.
Somos la arcilla, Tú, el alfarero.
No te enojes, Señor, ni te acuerdes de nuestra maldad. ¡Atiéndenos!" (Is 63,17.19; 64, 7-8).

Éste es el grito de adviento del profeta Isaías. También nuestro grito en la actualidad.

En esta hora convulsa de la historia en la que el mundo se siente humillado, la humanidad amenazada; el hombre lleva en sus entrañas el temor de la catástrofe.

La corrupción, la violencia y la ambición brotan por doquier, incontrolables como un volcán en erupción.

Ante este Apocalipsis, el hombre empequeñece y la naturaleza reacciona.

Se rebela a la mano del que hurga sus entrañas y la lastima.

A su huella que la pisotea y destruye.

A su descuido que la lleva al caos y a la miseria… y ante tal adversidad, el hombre se atemoriza; pareciera que no sabe convivir con su hábitat.

Que ha perdido la esperanza de vivir fraternamente y rueda hasta el abismo de su insuficiencia para desde allí gritar desesperado: ¡Ven, Señor, sálvanos!

El corazón del hombre está continuamente asediado por el enemigo. Interpone tentaciones y obstáculos para que nos extraviemos del buen camino y cuando no tenemos las armas necesarias para rechazarlo… ¡sucumbimos!

Sólo entonces clamamos a los cuatro vientos la ayuda y presencia de nuestro Salvador.

Por todo esto, hay que estar siempre alerta. No embriagarnos con las preocupaciones de este mundo, porque eso nos vuelve interiormente torpes, y entonces, el enemigo puede sorprendernos. “Velad, pues no sabéis a qué hora va a llegar el dueño de la casa” (Mc 13, 35).

El retoño de Judá, Cristo Jesús, es hoy como ayer el faro luminosamente potente que guía a puerto seguro a millones de bautizados que esperamos y creemos en su adviento.

Él quiere venir a ti, a mí, regresar a nosotros.

Su Espíritu, como el viento, nunca duerme. Está en la puerta de tu corazón, de día y de noche, esperando la más leve señal, la más pequeña insinuación para entrar y hacer de cada uno de nosotros su morada, su aposento.

Escuchemos lo que Lucas nos dice en su evangelio:

“Preparen el camino del Señor. Enderecen sus sendas.
Todo barranco será rellenado. Los montes y cerros allanados. Lo torcido será enderezado y suavizadas las asperezas de los caminos.

Todo mortal entonces verá la salvación de Dios”.

¿Realmente sabremos velar en este tiempo de adviento?

¡Prepararemos ciertamente el camino al Señor!

¿En verdad enderezaremos nuestra senda?

¿Tenemos ya la mesa puesta para la llegada de nuestro invitado… o simplemente lo esperaremos para traicionarlo, negarlo o para volverlo a crucificar?

Jesús es amor, camino y esperanza; pero debemos abrir el corazón limpio de todo resentimiento para que inyecte en nosotros su amor.

Poner en movimiento nuestros pies para caminar en él.

Abrir las manos llenas de comprensión y entendimiento y tenderlas al prójimo para sembrar en ellos la esperanza.

Estar con la mente y los brazos abiertos de par en par para recibirle con la humildad y la sencillez de un pastor.

Rehacer nuestra vida y sembrar semillas de evangelio en este mundo soberbio, orgulloso y violento. Limpiemos nuestra conciencia. Hagamos a un lado nuestra miserable grandeza.

Caminemos descalzos por el camino luminoso que nos orienta en la oscuridad.

Sigamos la estrella de Jacob que suavemente baja del cielo y se posa sobre un pesebre en Belén, donde en cuna de paja yace el Salvador del mundo.
 
“Pero tú, Belén de Efrata -cita el profeta- aunque eres la más pequeña entre todos los pueblos de Judá, tú me darás a aquél que debe gobernar al mundo. Él mismo será su paz” (Mi 5, 1).

Dios había prometido a su pueblo un Salvador, y las Sagradas Escrituras citan que éste nacería de una joven virgen en Belén, pequeño pueblo de Judá.

Lucas nos narra en su evangelio, el diálogo singular sostenido entre la joven Virgen María y el ángel Gabriel. aquí, el mensajero divino le comunica a la joven el proyecto de Dios: "Alégrate, llena de gracia, el Señor es contigo. Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, al que le pondrás por nombre Jesús. -María respondió- He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra" (Lc 1, 28-38).

En ese celestial momento en que el “Verbo se hizo carne”, la sombra del Altísimo cubrió con su Espíritu las entrañas de la Virgen y todo quedó envuelto en un misterioso silencio.

Después de este encuentro en el que María da su aprobación, con ese gesto de amor y humildad para que se conciba en su seno al hijo de Dios hecho hombre, por decreto del emperador romano Augusto, se llevó a cabo un censo en el que todo ciudadano tenía que registrarse en su ciudad natal. José y María vivían en Nazaret, ciudad de Galilea, y subieron a Judea, a la ciudad de David llamada Belén, porque el patriarca era descendiente de David y debía inscribirse allí.

"Mientras estaban en Belén, llegó para María la hora del parto y dio a luz a su hijo primogénito. Lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, pues no había lugar para ellos en el mesón" (Lc 2, 1-7).

Un canto de ángeles en noche tan maravillosa atrae al pesebre a unos pastores. Una gran estrella refulgente ilumina el camino a los magos de oriente, que llegan hasta el pesebre para adorar al Mesías recién nacido y presentarle sus parabienes y regalos... Incienso, oro y mirra.

¿Qué regalos y parabienes le presentamos nosotros a Jesús, nuestro Dios hecho niño por amor? ¿Nuestras faltas, culpas e indiferencia? ¿Nuestra arrogancia, prepotencia e intolerancia? ¿La elegante y opípara cena de Navidad, con sus adornos de resentimiento, odio, presunción y dispendio que termina siempre en borrachera? ¿Un festejo de cumpleaños en donde todos están presentes menos el festejado?

Seamos congruentes esta Navidad. Desterremos todo aquello que esté lejos de la verdad, de nuestro auténtico espíritu cristiano. ¡Festejemos! ¡Sí!

Vamos a llenar nuestro corazón de alegría. Hagamos de nuestro hogar una inmensa fiesta pero con Jesús.

Que sea Él, realmente el festejado. El centro de la celebración. Que ese árbol de Navidad nos recuerde a Jesús… verdadero árbol de vida que ilumina nuestro ser y es la luz del mundo.

Que la piñata nos haga vivir ese universo de esperanza y amor que Él quiere para todos.

Comulguemos con Él y hagamos de la oración el diálogo por el cual el Verbo se haga carne y habite en nosotros.

¡Que esta Navidad, sea… AMOR, CAMINO Y ESPERANZA!

 

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Última modificación: 27 de luglio de 2006