El
adviento de la comunidad teatina en Puebla
Lic. Mariana Méndez Gallardo
Ya desde el nacimiento, Jesús es la apuesta por la vida,
aquella vida que vence a la muerte, sobre todo a esa muerte de todos aquellos
que creyendo vivir, asumen la violencia, la indiferencia frente a los otros y
frente a sí mismos y el egoísmo como claves de vida. Los hombres y mujeres de la
época de Jesús, así como los de nuestra actualidad, han olvidado al Dios de la
vida. Pero aún ante nuestro olvido, Dios habló, y sigue hablando, pronuncia, se
hace Verbo, se hace presencia hablada: Jesús, nacido y encarnado, es la
respuesta de Dios a este mundo que no ha entendido el abandono a Dios. Jesús es
la palabra, la respuesta de Dios ante las claves de muerte de los hombres. Así,
en nuestra lógica, no tiene sentido que Dios mande a su Hijo a un mundo que no
tiene los ojos puestos en el “Dios de la vida”, a un mundo que no merece el
regalo de Dios, pero Dios actúa en clave distinta, en clave de misericordia y
consuelo, en clave de Padre que supera la lógica de los juicios humanos de
egoísmo e individualismo, y propone, en la venida de Cristo, la sobreabundancia
de la gracia. Es decir, la encarnación, el advenimiento de Jesús al mundo es la
invitación y exigencia de salir de los juicios humanos fundados en la lógica de
la indiferencia: sobre un mundo de violentos llega un justo, pero que
adelantándonos en los episodios de la vida de Jesús, al decir su palabra de
justicia, evidentemente lo matan. De aquí que el nacimiento de Jesús no se puede
entender aislado del Jesús que proclama, vive, muere y resucita.
Ahora bien, Jesús es la palabra, es lo que Dios dice, lo que, en la lógica de
Dios, no se entiende separado del hacer. Dios ha dicho, ha prometido enviar al
Salvador, y Dios lo ha cumplido, lo ha hecho. Lo que Dios dice lo hace: el
nacimiento de Jesús en el mundo es la Palabra de Dios hecha carne,
hecha
presencia, hecha hombre. Pero, y a todo esto, ¿qué nos dice la cadena
decir-hacer a nosotros como comunidad teatina? La respuesta se entiende sólo en
clave evangélica, ésa que, desde sus inicios, los teatinos en el mundo
asumieron: el nacimiento de Jesús es la posibilidad de mirar un mundo distinto,
reformado y contrarreformado; un mundo distante de los simples juicios humanos,
aquellos dominados por la envidia, por la cómoda indiferencia, por la desidia y
las luchas de poder, por aquellas que marginan al distinto y vuelven oídos
sordos a la llamada de los que, con carencia, acuden al Padre.
Este decir-hacer que es el nacimiento de Jesús, fue asumido por los teatinos en
México. La forma en como se asumió: La fundación de la Parroquia de Guadalupe en
la periferia de la ciudad de Puebla.
La comunidad teatina necesitaba renacer. No porque estuviera muerta, sino porque
la vida implica movimiento, y continuar la vida, más en clave evangélica, es la
necesidad de moverse ante un Cristo que espera nuestra inserción en el mundo
cotidiano, real, carente y pobre de la Palabra, de la vida opacada por las
claves de egoísmo y muerte. La comunidad teatina entendió esta necesidad de
renacer ella misma desde su interior, la necesidad de vivir con el pueblo. Así,
fue que en 1999 los teatinos de México encontraron necesario proyectar salir de
la Cd. de México y fundar en provincia una nueva comunidad, ¿por qué? A decir
del padre Ricardo Ledesma, “sentíamos que nos ahogábamos en el smog de la
ciudad”. El smog (de los oídos sordos y los oídos necesitados por la pobreza y
la violencia), es una prueba a la capacidad de respuesta que los hombres y
mujeres podamos tener y, siempre, en momento de prueba, se da la expansión o la
muerte”. La prueba de aquel entonces fue asumir el compromiso con la gente
mexicana, lo cual en la ciudad de México ya había sido posible 50 años antes,
pero que ahora era necesario seguir buscando cómo hacer presente el Reino en la
realidad del pueblo. La solución de expansión en función de la gente fue entrar
en contacto con la provincia, aprender la realidad mexicana desde la raíz. Y
esta necesidad no surge sólo porque sí, sino asumiendo el carácter básico del
nacimiento de los teatinos en un mundo en crisis, “ni conventos ni monasterios
fue la vía de solución teatina, sino casas que estuvieran en contacto con el
mundo”. Y en algunos padres teatinos estuvo esa inquietud.
Y es que ha sido tan grande el testimonio de los fundadores y de los antiguos
teatinos, que sería fácil conformarse con vivir de las glorias pasadas que, sin
duda, nos deben respaldar y dar testimonio, pero que a la vez nos deben impulsar
a hacer obras nuevas. Así, siendo éstas las principales razones del espíritu
teatino por fundar, fue que el 27 de junio de 1999 se entregó, de manos del
Arzobispo de Puebla, Mons. Rosendo Huesca, la iglesia que ese mismo día se
erigía como parroquia: La parroquia de Guadalupe. Los teatinos, tras una larga
búsqueda en Guadalajara y Morelia, encontraron finalmente el espacio para
trabajar en Puebla, un área de trabajo cerca de “Agua Santa”, en la colonia
Guadalupe Hidalgo, extensión grande para los tres padres teatinos que llegaban:
El Padre Salvador Cano como párroco, el padre Ricardo Ledesma como primer
vicario y el Padre Ramón García. La parroquia de Guadalupe, en su fundación, fue
el testimonio de que los teatinos aún tenían la oportunidad de hacer un trabajo
juntos.
La parroquia de Guadalupe se conforma de veintiocho colonias, algunas de ellas
con capillas de concreto o hasta de cartón, algunas terminadas y otras a medias.
Una colonia dedicada al comercio, necesitada de evangelización y catequesis,
pero también necesitada de personas que les hicieran ver que la carencia
económica y de oportunidades es una situación de muerte, pero que aún así, puede
ser vista con ojos de gracia sobreabundante, de esperanza, de vida. Así, un
ejemplo de ello fue el padre Ramón que, organizando despensas y colectas de
ropa, entendió la necesidad humana de la gente y leyó la realidad carente con
ojos de compartir y de acompañar a la gente en su vida. Por esto, cuando
hablamos de renacer, ello significa asumir un camino de humanización donde los
hombres parecían encontrarse dominados por la muerte, la marginación y la
pobreza. Los teatinos supieron encarnar a ese Jesús, guiados por la imagen de
Guadalupe, viviendo lo tradicional en aquella religiosidad popular que muchas de
nuestras comunidades asfaltadas en el ritmo de la ciudad han olvidado como clave
importante de la vida de la gente que permite tener la expresión de un Dios que
ha venido a compartir la vida con nosotros.

Como aporte a nuestra reflexión del nacimiento de Jesús, cabe mencionar que el
día de la aprobación de la asignación de la parroquia a los teatinos, el
Arzobispo invitó a los Clérigos Regulares presentes, a la oración del
Ángelus en
la capilla privada del arzobispado de Puebla. Así, podríamos decir que la
meditación sobre la encarnación, “el Verbo se hizo carne y habitó entre
nosotros”, ha sido la guía que ha orientado la fundación de la parroquia en
Puebla. Desde sus inicios, se asumió el compromiso de encarnarse en el pueblo y
por el pueblo, de renacer con el pueblo, de hacer nacer a un Jesús presente en
medio de nosotros, aquél que nos ofrece la certeza de que el mundo es ya lugar
donde se expresa la bondad providente de Dios Padre. La parroquia de Guadalupe
en Puebla, es la expresión de la oportunidad para los teatinos de mirar su
mundo, posiblemente caduco, y asumir el compromiso que el presente y la
presencia real de Cristo en el mundo implica: la búsqueda del Reino: saber lo
que la gente necesita en su carencia (así como el Padre lo sabe de sus hijos),
apoyándose en el amor del Padre (no sabernos perdidos en el mundo de violencia y
hostilidad). Es decir, encontrar en la Parroquia de Puebla la ventana para
asumir al mundo en sus necesidades, compartir las carencias con la gente que las
vive, es precisamente entender que el nacer de Jesús es hacer suyas las
vivencias humanas, no se trata de despreocuparse por lo que los hombres y
mujeres de nuestro tiempo les ocurre, sino al contrario, es entender sus
carencias y vidas ofreciendo la posibilidad de mirar esas necesidades sin
agobio, más bien con esperanza a ser resueltas por el Padre, ese Padre que no
está sólo en los cielos sino en la tierra, aún en esa tierra más olvidada por la
mano del hombre. Jesús es ese ejemplo, ese hacerse hombre, ese hacerse carente y
marginado, ese vivir con la gente. Por eso, el renacer propuesto a la comunidad
teatina es un signo de esperanza, no sólo para la gente de la parroquia, sino
para los mismos teatinos: los héroes de la historia posiblemente no fueron los
teatinos en Puebla, sino la gente de Puebla que acogió a los teatinos y les hizo
ver, desde su sencillez, lo que en verdad es buscar el Reino de Dios hoy.

Actualmente la Parroquia de Guadalupe está a cargo de los padres: Javier Ramírez
(párroco), José Luis Gordo y Ángel Jaime Jiménez, atendiendo a comunidades y
capillas, además de tener a su cargo la administración de la Iglesia de San
Judas, otorgada también al cuidado de los teatinos en el año 2000.