Platicando con el
R. P. Alonso Álvarez Turiel, C. R.
R. P. Salvador Rodea González, C. R.
Aprovechando la estancia de nuestro querido padre Alonso en ésta su tierra
mexicana, entablamos una amena charla, ya que reconocemos en él a una autoridad
sobre nuestra espiritualidad teatina y cristiana. Él nos ha dejado muchos años
de su vida enriqueciéndonos humana y espiritualmente en esta provincia mexicana,
por eso, aunque de nacionalidad española, se ha hecho muy mexicano, por eso
afirmamos que es su tierra.
Padre Alonso, -hablando por teléfono con él para concertar una cita- ¿es posible
que nos veamos para disertar sobre la espiritualidad teatina con motivo del
tiempo litúrgico Adviento-Navidad?
El padre, de manera sencilla, pero siempre
dispuesto, contestó:
Padre Alonso: “Sí, con gusto, pero no esperes mucho de mí porque no estoy
en muy buenas condiciones”.
Como ven, ya empezamos nuestra entrevista. El primer
paso de un momento lleno de esperanza, como es el Nacimiento de Jesús que
conmemoramos en la Navidad, ya nos lo dio el P. Alonso por su disposición no
importando la circunstancia.
Sin más preámbulos, empezamos a platicar el día y la hora señalada en nuestra
casa Provincial de San Cayetano, Lindavista.
Padre Alonso, en este tiempo litúrgico de Adviento-Navidad celebramos el nacimiento
de Jesús, ¿para qué vino Jesús al mundo?
Padre Alonso: Bueno, Jesucristo es siempre luz que ilumina el camino que conduce a la casa del
Padre, “…la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo” (Jn
1, 9). Juan Bautista, que no era la luz, vino para dar testimonio de la luz. “Yo
soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que
tendrá la luz de la vida” (Jn 8, 12). Juan da testimonio de Jesús ante los
sacerdotes y levitas enviados para preguntarle quién era: “He visto al Espíritu
Santo que bajaba como una paloma desde el cielo y se quedaba sobre Él. Yo lo he
visto y doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios” (Jn 1,
19-34). Y Jesús
mismo dice que ha venido para dar testimonio de la verdad: “Yo para esto he
nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el
que es de la verdad, escucha mi voz” (Jn 18, 37).
Padre, conocemos al tiempo litúrgico del Adviento-Navidad como un tiempo de
esperanza, ¿podría explicárnoslo un poco?
Padre Alonso: La esperanza es la firme seguridad de alcanzar las promesas que creemos por la
fe. Jesús es nuestra esperanza porque ha tomado nuestra condición humana para
hacerse semejante a nosotros, menos en el pecado, para que camináramos con él.
Cristo es nuestra esperanza, porque con su resurrección inaugura la vida eterna
que nos ha prometido y resucita como el primero de los hombres resucitados.
Nosotros estamos incorporados al destino de Cristo por y desde el bautismo y
esta es la razón última de nuestra esperanza. El objeto de la esperanza
cristiana es la misma gloria y felicidad de Dios compartida como futuro del
hombre. La certeza de la esperanza cristiana nace de la certeza y de la
confianza filial sin reservas en el amor inmenso de Dios revelado por Cristo que
todo lo ha hecho por un solo fin: darnos vida eterna, la misma vida y felicidad
de Dios “Yo les doy vida eterna” (Jn 10, 28). Ésta es la herencia a la que
estamos llamados. Ésta es la herencia por la que Dios encarnado dio la vida.
Esta certeza debe ser el imán irresistible que atraiga toda nuestra vida y
sacuda toda mediocridad.
“Pase lo que pase, en el fondo del pozo siempre flota la esperanza”.
Padre Alonso, uno de los valores que se invita a vivir en este tiempo es la
fidelidad, ¿tiene algo que ver con la esperanza?
Padre Alonso: Podemos primero definir la fidelidad para luego hablar de su relación con la
esperanza. Fidelidad es exactitud en la ejecución de alguna responsabilidad, de
algún compromiso, constantemente hasta el fin. Dios es el fiel y Cristo es la
prueba de la fidelidad de Dios; es el sí de las promesas de Dios (2Cor 1,
20);
es el testigo fiel (Ap 1, 5; 3, 14).
La autodonación absoluta de Dios al hombre por Cristo, implica, entrañar su
autodonación a los hombres. El sí del amor de Dios a los hombres en Cristo tiene
carácter irrevocable, es de todo momento y para siempre. Dios es fiel. “Sé de
quién me he fiado” (2Tim 1, 12). Él permanece fiel, aunque nosotros seamos
infieles (2Tim 2, 13). Nuestra vocación es encuentro de comunión de vida de dos
fidelidades: alianza de amor entre Dios y la persona elegida.
La fidelidad es respuesta de amor constante y perseverante: “Nadie que pone la
mano en el arado y mire hacia atrás es apto…” (Lc 9, 62). El amor es el alma de
la fidelidad. Es expresión de amor. Se vive la fidelidad en comunión con Dios
por la oración, por la Eucaristía, por la devoción a la Virgen fiel, modelo de
fidelidad en el seguimiento de Cristo, por la vida de servicio y entrega y
siempre desde la voluntad del amor de Dios.
Padre Alonso, como teatinos en el mundo, en este siglo ¿podemos aportar algo a la
Iglesia?
Padre Alonso: Por supuesto, primero debemos tener los ojos puestos en Jesús (Hb 12,
2) para dar
testimonio de Él. En primer lugar, testimonio dice tanto como testigo, mártir:
el que confiesa la fe, la vocación de Dios y da la vida por ella. Es la única
forma de dar a conocer la propia identidad de lo que uno es y de lo que uno
vive. El testimonio de Jesús es la expresión más profunda de su identidad
personal. Las obras de Cristo son las que dan testimonio que vino del Padre. El
verdadero testimonio debe expresar la presencia del Señor entre nosotros.
Nosotros Teatinos, religiosos, religiosas y laicos, estamos llamados a dar
testimonio con una vitalidad que dinamiza toda nuestra existencia: exteriorizar
el encuentro de vida con Dios por Jesucristo, llevamos una experiencia de
adhesión a Él y vivimos un compromiso de amor personal con Él que expresamos con
nuestra vida. Debemos vernos bajo la mirada de una elección de amor del Padre
Providente y mirarnos, a la vez en Él, que espera respuesta fiel y estremecedora
de gozo desde el don especial de la vocación con la que nos ha impregnado el
alma. Se trata de perder el miedo, el miedo a entregarse a la vida, de confesar
la fe valiente y decididamente, de vivir con una esperanza alegre y una
confianza total en la Providencia del Padre celestial que todo lo está
disponiendo para nuestro mayor bien. Se trata de vaciarse interiormente de la
basura egoísta que nos ciega y esclaviza en la nada de las cosas y nos roba la
paz y la verdadera alegría y, lanzarnos al abismo insondable del amor del Padre
Providente de donde siempre brota la verdadera alegría.
El verdadero Teatino es el que no centra la vida en el ego individualista que
corroe la esencia cristiana, pues el Señor nos reúne por la caridad. El
verdadero Teatino es consciente que está llamado a vivir en profundidad su
vocación como un reformado, abriéndose constantemente a la acción rejuvenecedora
del Espíritu Santo que siempre mueve a una vida de mayor crecimiento en la
entrega del amor y para amar más. El verdadero Teatino es lo más contrario a una
vida mediocre y perezosa, porque sabe que su vocación es encarnar la forma de
vida de los Apóstoles, a quienes Cristo puso en marcha.
San Andrés Avelino,
teatino, decía: “Deja de ser bueno quien no procura ser mejor
cada día”.
Para finalizar, padre Alonso, ¿qué mensaje daría usted a los que pretendemos vivir
la espiritualidad teatina hoy?
Padre Alonso: Bueno, si los Teatinos de hoy somos los Teatinos de ayer -volvemos a la
identidad- contagiaremos al mundo con el que contactemos. Pero hoy en día se
requiere que seamos todos, no sólo algunos. La hora del mundo de hoy es la hora
de la unidad. Para que una comunidad sea apostólica, evangelizadora, que dé
testimonio verdadero, que contagien, no basta un santo/a, sino que se requiere
la unión de todos en el mismo carisma, que la comunidad en verdadera comunión de
vida, dé testimonio en el amor. Ésta es la nueva evangelización que la Iglesia y
el mundo requieren de nosotros. El mundo de hoy no cree en héroes solitarios,
espera ver el testimonio real de la vida de una comunidad, que ora unida, que
trabaja unida, que proyecta la comunión de una vida, que presenta una única
vida, la vida de Dios con nosotros.
Gracias, padre Alonso porque escucharlo nos llena de vitalidad y ver su testimonio
nos engrandece espiritualmente. Gracias por transmitirnos su sabiduría y darnos
ejemplo por tantos años. Gracias, porque en la obediencia y la sencillez habla a
todos los que le rodean. Gracias por su tiempo que siempre ha sido de calidad.
Sinceramente GRACIAS.
Nos encontraremos muy pronto queridos lectores, hasta pronto.