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20 de Octubre
Madre Úrsula entró en la eternidad...

Sor. Ma. Teresa Fernández, R.T.

Venerable Madre Úrsula Benincasa

Úrsula, la virgen prudente del Evangelio que espera al esposo con la lámpara encendida (Mt 25, 10) para entrar en “Las Bodas eternas”.

Un 20 de octubre del siglo XVII, 1618, ella acudía a la última llamada de su Señor, a quien tanto amó, por quien vivió, para quien vivió y dio sentido a su existencia. ¿Cómo pensar que alguien que experimenta el amor no anhela la plena unión con el amado?

Sí, Úrsula deseaba y esperaba ese momento, no porque despreciara la vida, don de Dios, sino porque pensaba y sentía al estilo paulino: ya vivamos, ya muramos somos del Señor.

Sus últimos días en esta tierra nos los narra el P. Lorenzo Santacroce, C. R., su confesor y biógrafo.

El crepúsculo de su vida lo pasó en “agonía y éxtasis”. Agonía por el sufrimiento físico, los fuertes dolores en el corazón, el fuego que le consumía y le hacía exclamar: este fuego me ahoga, son las penas del purgatorio con que el Señor me hace expiar mis pecados aquí en la tierra. Sin embargo era el fuego del amor que arde sin consumirse, que deleita y hace sentir la presencia omnipotente de Dios, donde al igual que Moisés veía arder la zarza sin consumirse.

La extrema debilidad por la austeridad que durante toda su vida había practicado y hasta los últimos días de su vida practicó, haciendo una sola comida muy ligera, le obligó a permanecer en cama, ¡ni siquiera podía sostenerse en su silla de ruedas! Y repetía: no quiero ahorrarme sufrimientos los días que me restan de esta vida por amor del Señor que quiso sufrir tanto por mí.

Éxtasis, porque desde jovencita le había sido dado el don de gustar ya en esta tierra la visión de Dios, y ahora su pasión se desbordada, presintiendo la cercanía del momento en que estaría en Él para siempre, exclamando: Anhelo morir y unirme a Cristo…

Todo Nápoles se enteró de la gravedad de la madre, y llevados por su cariño y devoción, querían al menos verla un momento, encomendarse a su oración, recibir una palabra de sus labios. Gente de toda clase social subía a Santelmo con el corazón palpitante de esperanza. La Superiora de la Comunidad, Sor Marcia Palmieri (sobrina de la Madre) y el confesor de Sor Úrsula, P. Lorenzo Santacroce, C. R., acordaron abrir la pequeña ventana de la habitación de la enferma que daba a la iglesia y por la cual participaba de la Eucaristía y recibía la comunión, para que desde ahí viera a la madre y le hablase.

A los bienhechores de la casa, las autoridades napolitanas y gente de la nobleza les fue permitido entrar a la celda. Para cada uno hubo la palabra acertada, bálsamo para un corazón afligido, el consejo sabio y prudente brotado de la experiencia de la mujer de Dios. Las personas de la nobleza, conociendo el deseo de la construcción del monasterio, le ofrecieron costear una celda o hasta dos, como muestra de gratitud por todo el bien recibido de la madre.

Venerable Madre Úrsula BenincasaSe encomendaron a su intercesión ante el Señor cuando estuviera ante su presencia, y ella prometió seguir orando por su ciudad, su patria a la que tanto amaba. Sí, Úrsula era una mujer exquisitamente humana y a la vez inserta en Dios, generosa, llena de cariño por su tierra natal, Nápoles. Había aprendido a quererla día a día, su cielo, su mar, el Vesubio, conocía a su gente, sus necesidades, sus conflictos, y ahora tan próxima a estar en la patria eterna, no olvidaría la que aquí lloraría su partida.

A sus hijas, las Religiosas Teatinas (en aquel tiempo llamadas “Oblatas de la Inmaculada Concepción”) las había encomendado ya a los Padres fundados por san Cayetano, es decir, los “Teatinos”, le inspiraban tanta admiración y devoción por su santidad de vida, que dejó en sus manos la obra que Dios le había inspirado realizar.

La madre no tuvo la alegría de ver acogido su deseo, pues fue 15 años después, en el Capítulo General de 1633, cuando el P. Mateo Santomango, C. R., fue elegido Prepósito General, que los Padres Capitulares acordaron acoger a las religiosas, y de ellos tomarían también el nombre de “Teatinas”. Las dejaba también con una herencia espiritual: el ejemplo de su vida, sus consejos, las reglas, dictadas en 1616, dos años antes de su muerte, y que se pueden resumir en una sola frase: su única regla, el amor.

Todo estaba cumplido, su misión terrena llegaba a su fin, rodeada de sus Religiosas, de sus sobrinos que tanto habían ayudado en la fundación, de los Padres Teatinos: Mateo Santomango, (Prepósito de la comunidad de Nápoles), Lorenzo Santacroce, Benito Mandina, Juan Bautista Palombo, Francisco Celano, Gregorio Carafa, y Tomás de Aquino (no el dominico), todos rodeaban su lecho de muerte, había recibido la Extremaunción y el Viático de manos de su confesor, las hermanas con lágrimas del corazón que afloraban a las ventanas del alma, recitaban de rodillas las letanías y otras oraciones para encomendarla al Señor. El P. Santacroce acercó a sus labios un pequeño crucifijo, ella lo contempló consciente, embelesada, besó sus plantas y clavó para siempre su mirada en Él… Eran las 11 de la noche del viernes 20 de octubre, vísperas de santa Úrsula, su santa patrona. Una estrella más brillaba en el firmamento, era ella que palpitaba en el infinito su amor al Señor.

Al rayar el alba, cientos de personas acudían a Santelmo, querían ver por última vez a la madre. Su cuerpo fue colocado en un sencillo ataúd de madera, abrazada a una cruz que había pedido hacer a su sobrino cuatro días antes de morir. Lo llevaron a una sala interior que da a la nave de la iglesia, de manera que fuera visible a los fieles que llevaban un rosario, flores para tocar por un instante las reliquias de Úrsula y obtener, por su intercesión, un favor del cielo. La sepultaron en Santelmo, lugar que hasta la fecha conserva celosamente sus reliquias, donde Teatinos y Teatinas acudimos a venerarla, a solicitar su intercesión, a mostrarle nuestro amor filial.

Venerable Madre Úrsula BenincasaTestamento

Hijas mías, voy a morir.
Sabéis cuánto he deseado este momento.
no ignoráis la vida que he llevado,
y sin embargo, temo y tiemblo.
Como ahora me encuentro,
os encontraréis un día.
Pensadlo, hijas mías.
Rezad con devoción el Oficio.
Pensad siempre que Dios os ve.
Evitad las culpas ligeras
si no queréis caer en las grandes.

Amaos unas a otras.
Respetaos mutuamente.
Que quiera una lo que quiere la otra.
Haciéndolo así,
el Señor estará con vosotras.
Y rogad por mí.

 

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Última modificación: 27 de luglio de 2006