Las Historietas de
Lanceloto Avelino
R. P. Héctor Ricardo Ledesma Rubio, C. R.
Poco se sabe del período que transcurrió desde el regreso de
Lanceloto a su tierra natal, sin embargo, la mayoría de sus biógrafos coinciden
en que durante ese tiempo después de una seria reflexión, nuestro intrépido
amigo recibió la ordenación Diaconal y Sacerdotal. Esto se puede comprobar
debido a que en 1547, año de la muerte de san Cayetano, acaecida en Nápoles, se
asegura que Lanceloto ya era Presbítero. Habrá acontecido este hecho en la vida
del santo entre 1545 y 1546. ¿Qué significó para él su ordenación sacerdotal?
Para él era la coronación de su gran aspiración de ser consagrado al servicio de
Dios en favor de la humanidad. Ciertamente. Lanceloto, había abrigado la
esperanza de llegar a ser sacerdote, con la ilusión de consagrarse a Dios por
entero y de poder presidir el Sacrificio de Cristo en la Eucaristía. No debería
haber un solo católico que dejara de estremecerse ante la presencia de Cristo en
este augusto sacramento. La vocación sacerdotal, nace de ese encuentro profundo
y vital con Cristo. De las ganas de querer llevar la Palabra de Dios a todos y
especialmente a aquellos que no conocen a Cristo o jamás han oído hablar de Él.
Es la dicha de poner todo nuestro ser y juventud al servicio de la causa de
Jesús: El Reino de Dios.
Pero vamos a pensar un poco en la experiencia de la ordenación: En el momento la
fiesta, la familia, los amigos y el primer año como “un gran invernadero donde
todo florece”. Muchos suelen decir cuando se habla de un joven sacerdote, “huele
a óleos”, haciendo referencia al día de su ordenación, cuando después de la
imposición de manos del Obispo sus manos son consagradas con el Santo Crisma.
Desde luego que en lo humano es importante vivir este momento porque en los
tiempos difíciles ayudará a sacar fuerzas para seguir adelante. Como en el
matrimonio el día de su boda es un acontecimiento central en la vida de los
esposos, la ordenación lo es en la vida del sacerdote.
De
ahí que muchos sacerdotes conserven la foto de su ordenación en el momento mismo
en el que se les “impusieron las manos”. Ese gesto sagrado por el que se
transmite el Espíritu Santo y se nos capacita para la misión sacerdotal. Y en la
misma analogía con el matrimonio, después de la boda continúa la vida
matrimonial, después de la ordenación continúa la vida sacerdotal. Es decir, la
ordenación no es el fin en si mismo, sino la plataforma desde donde se irradiará
el amor de Dios y donde se hará efectiva la entrega por los demás. Así sucedió
en la vida de Lanceloto y en la de cada uno de nosotros.
¡Hasta la próxima!