Platicando con
Don Salvador Rojas
R. P. Héctor Ricardo Ledesma Rubio, C. R.
Hemos
recibido en nuestra Casa San Cayetano de Atizapán de Zaragoza, la visita del Sr.
Salvador Rojas, querido amigo de la familia teatina. Curiosamente, esta casa le
evoca muchos recuerdos, ya que pertenecía anteriormente a su familia…
No cabe duda que todo es providencial, porque en estos días, el Seminario
Teatino Mexicano ha vuelto a abrir sus puertas a ocho jóvenes que se están
preparando para iniciar el curso escolar. Precisamente de los inicios del
Seminario Teatino nos platica el Sr. Salvador Rojas.
Sr. Rojas: Parece que fue ayer, yo no hubiera pensado jamás que iba a
llegar a viejo. Recuerdo que era sólo un muchacho de diecisiete años cuando este
cerro era nada.
«Era un cerro pelón que no servía para el cultivo, lo único que llegaba a dar
era un poco de aguamiel, pero había que esperar entre diez y doce años para que
los magueyes dieran fruto…
«Lo que sí me cuentan, es que aquí estaba lleno de encinos, (el encino sirve
para sacar carbón). Todo este cerro pertenecía a la Hacienda del Pedregal de
Atizapán. Padre, póngase a pensar cómo de una tierra improductiva Dios la ha
transformado en una tierra productiva, porque en ella se encuentra el “Instituto
Pedregal”, “la casa de retiros San Cayetano” y por supuesto, el “Seminario
Teatino”, semillero de vocaciones religiosas y sacerdotales. Precisamente en
este lugar un día el P. Jesuita Garcidueñas, que vivió parte de sus últimos días
con nosotros, cuyo proceso de beatificación ya está en Roma, le dijo a mi papá:
“llévame a la parte más alta de la hacienda para bendecirla, porque ese sitio
será dedicado a Dios y a la extensión de su Reino”. ¡Qué razón tenía este santo
sacerdote!»
Don Salvador,
¿por qué no nos cuenta cómo fue que en este terreno se hizo el Seminario
Teatino?
Sr. Rojas: ¡Ah, ésa es una historia Providencia!, yo
la llamo la historia de la confianza. Fue así: Vivíamos en la colonia
Lindavista, mi padre murió repentinamente, y mi mamá, que era una mujer llena de
fe, fue a buscar a un sacerdote, pero no encontró ninguno. Sin embargo, una
señora le dijo a mi mamá que no se preocupara, que ella sabía que había llegado
un sacerdote español al rancho de los Pirineos en Lindavista.
«Curiosamente mi madre conocía a la Sra. Victoria Olazábal de Oyamburu, dueños
de la hacienda. ¡Lo que son los caminos de Dios! Porque ahí se encontraba el P.
Andrés Burguera, C. R.
«El P. Andrés atendió el funeral y no se despegó en ningún momento de la casa; a
partir de ahí nació una gran amistad entre mi mamá, la familia con el P. Andrés
y, por ende, con los Teatinos. También de esa amistad surgió una gran devoción
de la familia Rojas a san Cayetano, y aprendimos todos a confiar en la
Providencia. Debo decir que la labor incansable del P. Andrés Burguera hizo que
no solamente nosotros, sino otras muchas familias se abandonaran en las manos de
Dios Padre providente.»
¡Qué interesante!, y luego, ¿qué pasó?
Sr. Rojas: «Piense usted, mi madre era una señora
viuda, no muy hábil en los negocios, con algunas deudas por cubrir. De repente,
gracias a la intercesión del santo, ella comienza a sacar adelante a su familia
y los negocios prosperan, todo comienza a ir mejor, entonces mi madre se vuelve
tan devota, que lo nombramos “Glorioso san Cayetano, Padre de Providencia y
tesorero de la familia Rojas”.
«Por eso, un día mi madre, Mª Teresa, llegó con el P. Andrés y le dijo: “Padre,
estoy en deuda con san Cayetano. El proyecto del que usted siempre ha platicado
de querer hacer un seminario será una realidad. Yo quiero donarle un terreno en
Atizapán de Zaragoza en la hacienda de nosotros, escoja el terreno donde usted
quiera”...
«No le fijó ninguna cantidad de medida, lo que él necesitara para hacer su
seminario. El P. Andrés le dio las gracias por la donación, pero no le hizo
mucho caso debido a la gran distancia que había entre Lindavista y Atizapán, ya
que los caminos eran de pura terracería.»
Perdón que le interrumpa, pero estoy asombrado por lo que
acaba usted de decir. Es la primera vez que escucho esto: el P. Andrés no le dio
mucha importancia a la donación, y entonces ¿cómo fue que finalmente aceptó el
regalo?
Sr. Rojas: En una plática con mi mamá, le dijo que él
quería hacer el seminario cerca de la Iglesia de San Cayetano que apenas iba a
construir. El padre, sin hacer a un lado a los pobres, siempre conoció gente con
recursos económicos. Normalmente eran personas que también habían recibido
favores por intercesión de san Cayetano. Así entenderá usted porque un día llegó
el P. Andrés sin aviso, con unas tres o cuatro personas a ver a mi mamá y le
dijo: “A ver, Turca, así le decía a su gente de confianza, llévanos a ver dónde
voy a hacer el seminario”. Y así fue que llegamos a esta parte de arriba, la
misma que había bendecido el P. Garcidueñas. Los amigos del padre le dijeron que
ahí estaba muy bien para hacer su proyecto, pero el padre objetó: “ y ¿cómo
vamos a subir hasta aquí?, a lo que sus amigos le dijeron:
«“Eso déjelo en nuestras manos, nosotros le haremos la carretera y ahora vamos a
medir”. Inmediatamente se empezó la obra y se inició el proyecto bajo una
sociedad llamada “Unión y Triunfo”. Se empezaron a hacer las primeras naves.
Aquí donde están las oficinas de la escuela se hizo el comedor, y los así
llamados "100 metros", hasta que el P. Blas Bonet, C. R. hizo los edificios
actuales del seminario. Y cuando el número de seminaristas disminuyó, el mismo
P. Andrés comenzó la construcción de la escuela que continuó el P. Blas y a la
que siguió la fundación del Instituto “el Pedregal”. Y fue bajo la dirección del
entonces hermano José Luis Gordo, C. R. cuando adquirió su fisonomía actual.
Caray, Don Salvador, nos ha hecho pasar un momento en el
“túnel del tiempo”, y al saborear los orígenes de esta casa, sólo podemos
agradecerle a Dios porque existen personas tan generosas como ustedes. Mil
gracias por su visita a este lugar Teatino tan lleno de Providencia, ¡Dios lo
bendiga siempre!
Y a ustedes también, queridos lectores.