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Año de 1527
Nuestro sistema de vida se funda en los sagrados cánones, y
en las obligaciones derivadas de la profesión de los tres votos de pobreza,
obediencia y castidad. Nuestro hábito y nuestras costumbres son las propias de
los demás clérigos.
Por lo que respecta a la pobreza, nadie posee cosa como propia, sino que todos
viven en común y del común. No se permite mendigar, porque lo prohíben los
cánones. Los nuestros viven de las limosnas espontáneamente ofrecidas por la
caridad de los fieles. Asimismo, donde sea posible, de las décimas y de las
primicias, sirviendo gratuitamente al altar y al evangelio. Ni los cánones, ni
nuestra profesión nos prohíben la posesión de rentas fijas; pero, por muchas
razones, y amaestrados por la experiencia, no nos preocupamos de tenerlas.
La castidad nos obliga, no sólo a la integridad del cuerpo, sino también a la de
los sentidos, a la guarda de la lengua, y, en cuanto sea posible, a la pureza de
los pensamientos y de los afectos del corazón, lo mismo que a la parsimonia y a
la sobriedad en la comida. Huimos el trato con las mujeres, aun de las más
santas y honestas, porque así lo mandan los cánones. Si a ello fuerza la
ineludible necesidad, o la caridad lo demanda, el prelado resuelva, y obedezcan
los súbditos.
La obediencia se debe, en primer lugar, al prelado y a los sacerdotes; al
primero, como a vicario de Dios, y a los segundos, como a sus ministros.
Después, a los otros cohermanos, que mutuamente se obedecen y se sirven por
caridad. Pero hágase todo con orden, como prescribe el Apóstol. Nadie usurpe,
por consiguiente, la autoridad del prelado ni el oficio de los demás, ni se
arrogue el derecho de mandar. No pierda de vista el superior que no existe entre
nosotros precepto alguno que obligue bajo pecado, de no concurrir mandamiento de
Dios o de la Iglesia, u otra obligación derivada de los tres votos.
El prelado es elegido anualmente, pudiendo ser reelegido hasta un trienio,
cuando así lo determinan los que tienen voz en capítulo. La elección, o
reelección, debe hacerse, con arreglo a las prescripciones canónicas, por la
totalidad del Capítulo o por la mayor parte de sus componentes, habiéndose
convocado de antemano, y aguardado prudencialmente la llegada de los ausentes.
Ningún candidato a la Orden es admitido al noviciado ni a la profesión, sin
antes someterle a larga prueba, ejercitándole y experimentándole durante mucho
tiempo, no inferior a dos o tres años. Para la admisión es indispensable el
consentimiento de todo el capítulo. El novicio, desde el primer día, es confiado
a un religioso que le instruye, con la ayuda de Dios, y le informa sobre la
nueva vida.
El oficio divino, tanto nocturno como diurno, suele decirse con asiduidad en el
coro únicamente por los clérigos y presbíteros, según el rito romano; observando
asimismo las costumbres de la Iglesia o diócesis donde moramos, en todo lo que
no se opongan a la Iglesia católica.
Los sacramentos se administran gratis, y solamente por aquellos a quienes
designa el prelado, y a las personas que él señala. Se pone en su administración
toda diligencia y la mayor pureza de intención, ateniéndose con fidelidad a los
términos de los privilegios y exenciones de la Sede Apostólica, sin abusar de la
inmunidad que nos ha sido concedida, y salvando siempre la reverencia al prelado
y juez Ordinario.
El modo de celebrar las misas y decir el oficio divino, la manera de leer, de
pronunciar y de cantar en el coro y en la iglesia, según las rúbricas auténticas
del misal y del breviario romanos, se os describirá en particular, con algunas
otras reglas, por demás breves y fáciles, lo mismo que lo que debéis retener o,
en su caso, omitir en los oficios santos.
No se nos manda ni prohíbe ninguna forma de vestido, ni determinado color,
siempre que no desdigan de los clérigos honestos, ni se opongan a los sagrados
cánones, ni sean contrarios al uso del clero de nuestra ciudad o diócesis.
Ningún presbítero o clérigo sale jamás solo de casa, sino con un compañero,
después de haber orado ante el altar, y previa la bendición del prelado. Lo
propio se hace al regreso. A los legos, y a quienes tienen a su cuidado la
administración de la casa, aunque sean clérigos, les está permitido alguna vez
salir solos, hecha oración y recibida la bendición, como se ha dicho.
Dos veces al día, dada la señal, acudimos a la oración, que hacemos cada uno en
su puesto, o en la propia celda, orando en silencio y quietud. Por la mañana,
después del oficio matutino, y por la tarde, al anochecer, o al mediodía si es
en verano.
Se guardan con la mayor diligencia los ayunos de la Iglesia. A éstos añadimos,
por costumbre, el de los viernes de todo el año, y los del Adviento del Señor,
aunque sin obligación, sino libre y espontáneamente. En la mesa común nunca
falta la lectura sagrada, que se hace de la Escritura o de las obras de los
santos Doctores. Se escucha por todos en gran silencio, y nadie puede comentarla
como no sea el prelado.
No consentimos que costumbre alguna, o modo de vivir, o rito, tanto en lo que se
refiere al culto divino, o tiene lugar, del modo que sea, en la iglesia, como en
lo tocante a la vida común y lo que acostumbramos hacer dentro o fuera de casa,
tenga fuerza de precepto, ni nos obligue en conciencia; a no concurrir un
precepto de Dios, o una constitución de la Iglesia, o alguna obligación derivada
de los tres votos.
Prolijo sería por demás, especificar en detalle los particulares de nuestra
vida. Por ello, quien desee saberlos, haga lo que dice el Señor, y óigale cuando
le invita diciendo: Ven y ve. Conocerá, entre otras cosas, nuestro modo
particular de recibir a los huéspedes, cómo son probados y ejercitados los
novicios, y cómo legítimamente se les admite a la profesión; de qué manera se
confía a los profesos, sean legos, clérigos o sacerdotes, algún ministerio u
oficio para ayudar, por amor de Cristo, a la común utilidad y a la necesidad de
cada uno.
Conocerá igualmente con qué devoción y fidelidad debe proceder cada uno en su
ministerio u oficio, venciéndose siempre a sí mismo para ser útil a los otros y
acomodarse a su querer, cual conviene a los siervos de Dios, no sólo en aquellas
cosas que se practican en común, en el coro, o en la iglesia, sino en lo que se
refiere en particular al cargo de cada uno, como el de sacristán, bibliotecario,
ropero, portero, hortelano, cocinero, y a todos los demás oficios, aun los más
viles y bajos; como también se dará cuenta de lo que debe observarse con
relación a los estudios.
Entenderá, sobre todo, lo que es más importante, y, por descontado, lo más útil,
esto es, la fuerza de los votos, y el fin que se han propuesto los votantes, por
el cual nos hemos reunido en nombre de nuestro Señor Jesucristo —la caridad—.
Aprenderá por diaria experiencia la palabra del Señor, y su eficacia cuando
dice: « El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz, y
sígame », entrando por la puerta angosta, y echando por el camino del llanto y
de la penitencia, hasta conseguir la meta de la más perfecta caridad. Porque
toda renuncia es inútil en quienes dejaron el siglo, si no tratan con el máximo
empeño de dominar la concupiscencia y de conseguir la caridad. La cual caridad,
sólo se guarda, al decir de san Agustín, cuando a ella sirven las obras, las
palabras, el semblante. Cuando a la caridad se ajustan, añadimos nosotros, los
votos, la profesión, la religión entera. Faltar a la caridad es tan grave, entre
nosotros, como levantarse contra Dios, pues sabemos que de tal modo fue ella
recomendada por Jesucristo a los apóstoles que, donde falta la caridad, falta
todo, y, poseyendo la caridad, se poseen todas las cosas.
Bonifacio De’Colli
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