Mt 5, 7 Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Lc 6, 27«Pero yo os digo a los que me escucháis: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odien.
Lc 6, 35 Más bien, amad a vuestros enemigos; haced el bien, y prestad sin esperar nada a cambio; y vuestra recompensa será grande, y seréis hijos del Altísimo, porque él es bueno con los ingratos y los perversos.
Mc 12, 28-31 Acercóse uno de los escribas que les había oído y, viendo que les había respondido muy bien, le preguntó: «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?» Jesús le contestó: «El primero es: Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No existe otro mandamiento mayor que éstos.»
Jn 3, 16 Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna.
Mt 7, 1 «No juzguéis, para que no seáis juzgados.
Mt 10, 39 El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará.
Mt 16, 26 Pues ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? O ¿qué puede dar el hombre a cambio de su vida?
Mt 19, 29 Y todo aquel que haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o hacienda por mi nombre, recibirá el ciento por uno y heredará vida eterna.
Mc 3, 4 Y les dice: «¿Es lícito en sábado hacer el bien en vez del mal, salvar una vida en vez de destruirla?» Pero ellos callaban.
Rm 12, 9-12 Vuestra caridad sea sin fingimiento; detestando el mal, adhiriéndoos al bien; amándoos cordialmente los unos a los otros; estimando en más cada uno a los otros; con un celo sin negligencia; con espíritu fervoroso; sirviendo al Señor; con la alegría de la esperanza; constantes en la tribulación; perseverantes en la oración; compartiendo las necesidades de los santos; practicando la hospitalidad.
Rm 13,10 La caridad no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud.
Rm 14, 15 Ahora bien, si por un alimento tu hermano se entristece, tú no procedes ya según la caridad. ¡Que por tu comida no destruyas a aquel por quien murió Cristo!
1 Cor 13, 1-8 Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo caridad, soy como bronce que suena o címbalo que retiñe. Aunque tuviera el don de profecía, y conociera todos los misterios y toda la ciencia; aunque tuviera plenitud de fe como para trasladar montañas, si no tengo caridad, nada soy. Aunque repartiera todos mis bienes, y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad, nada me aprovecha. La caridad es paciente, es servicial; la caridad no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe; es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta. La caridad no acaba nunca. Desaparecerán las profecías. Cesarán las lenguas. Desaparecerá la ciencia.
2Cor 2, 5-8 Pues si alguien ha causado tristeza, no es a mí quien se la ha causado; sino en cierto sentido - para no exagerar - a todos vosotros. Bastante es para ese tal el castigo infligido por la comunidad, por lo que es mejor, por el contrario, que le perdonéis y le animéis no sea que se vea ése hundido en una excesiva tristeza. Os suplico, pues, que reavivéis la caridad para con él.
2 Cor 6, 3- 6 A nadie damos ocasión alguna de tropiezo, para que no se haga mofa del ministerio, antes bien, nos recomendamos en todo como ministros de Dios: con mucha constancia en tribulaciones, necesidades, angustias; en azotes, cárceles, sediciones; en fatigas, desvelos, ayunos; en pureza, ciencia, paciencia, bondad; en el Espíritu Santo, en caridad sincera,
2 Cor 8, 7 Y del mismo modo que sobresalís en todo: en fe, en palabra, en ciencia, en todo interés y en la caridad que os hemos comunicado, sobresalid también en esta generosidad.
2 Cor 13, 11 Por lo demás, hermanos, alegraos; sed perfectos; animaos; tened un mismo sentir; vivid en paz, y el Dios de la caridad y de la paz estará con vosotros.
1 Tm 1, 5 El fin de este mandato es la caridad que procede de un corazón limpio, de una conciencia recta y de una fe sincera.
1 Tm 4, 12 Que nadie menosprecie tu juventud. Procura, en cambio, ser para los creyentes modelo en la palabra, en el comportamiento, en la caridad, en la fe, en la pureza.
1 Tm 6, 11 Tú, en cambio, hombre de Dios, huye de estas cosas; corre al alcance de la justicia, de la piedad, de la fe, de la caridad, de la paciencia en el sufrimiento, de la dulzura.
2 Tm 1, 7 Porque no nos dio el Señor a nosotros un espíritu de timidez, sino de fortaleza, de caridad y de templanza.
Hb 10, 24 Fijémonos los unos en los otros para estímulo de la caridad y las buenas obras.
1 Pe 1, 5- 7 Por esta misma razón, poned el mayor empeño en añadir a vuestra fe la virtud, a la virtud el conocimiento, al conocimiento la templanza, a la templanza la tenacidad, a la tenacidad la piedad, a la piedad el amor fraterno, al amor fraterno la caridad.
Judas 1, 21 Manteneos en la caridad de Dios, aguardando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para vida eterna.
Art.7 La vida fraterna en común, por la que todos, lo mismo clérigos que laicos, nos unimos en Cristo como en una familia peculiar, ha de estar de tal manera impregnada de caridad que, habitando unius moris en una casa, nos hagamos imitadores de aquellos de quienes se lee: tenían un solo corazón y una alma sola (Hechos 4,32) y de nuestros Fundadores que determinaron llevar esta vida apostólica.
Art.8. Caridad ésta, al decir de San Agustín, que sólo se guarda
cuando a ella sirven las obras, las palabras, el semblante. Cuando a la caridad, añadimos nosotros, se ajustan los votos, la profesión, la Religión entera; cuando faltar a la misma lo consideremos un levantarse contra el mismo Dios, pues sabemos que de tal manera fue recomendada por Cristo y los Apóstoles que, donde falta la caridad, falta todo y, poseyendo la caridad, se poseen todas las cosas.
Art.9. Reine, pues, en nuestras comunidades un verdadero amor fraterno de modo que la vida común sea para todos una ayuda mutua para conseguir lo que es más importante y, por descontado, lo más útil, a saber, la fuerza de los votos y el fin que se han propuesto al emitirlos, por el cual nos hemos reunido en nombre de nuestro Señor Jesucristo y, como afirma San Cayetano, el fundador de nuestra Orden, con un vínculo tan fuerte que ni los cambios de lugar ni la misma muerte podrán romper.
Art.14 Todos los miembros, pues, de nuestra Congregación están unidos entre sí por una misma profesión, solemne por cierto. Por lo que, los religiosos teatinos, imbuidos del espíritu de San Cayetano, abrazamos la profesión de los consejos evangélicos como un camino expedito y, sobre todo, seguro para alcanzar la perfección de la caridad y la santidad sacerdotal y potenciar así, más y más, nuestra actividad apostólica.
Así, pues, esta nuestra vida consagrada por la profesión de los consejos evangélicos (15) constituirá una ayuda eficaz para el cultivo de la vida común, la cual ciertamente se fomenta y robustece lo mismo con la oración común de todos los hermanos - que encuentra su suprema expresión en la celebración del Misterio Eucarístico - como mediante una caridad generosa para con todos los hermanos.
Art.18. Lleve una fervorosa vida eucarística. Honre con una filial devoción a la Bienaventurada Virgen María. Todo ello sin omitir los medios naturales que favorecen la salud de alma y cuerpo. De esta manera rechazará, como por instinto natural, todo lo que pone en peligro la castidad, sin olvidar que ésta se guarda más seguramente cuando entre los religiosos reina una verdadera caridad fraterna en la vida común.
Art.28. Nos profesamos hijos leales del Romano Pontífice, a quien, además de estar obligados a obedecerle en virtud del voto de obediencia, dedicaremos una especial veneración, amor, sumisión y fidelidad en su servicio.
Art.30. Los Superiores, por su parte, así como preceden a los demás en razón del cargo o dignidad que ostentan, deberán también aventajarlos en la práctica de las virtudes religiosas, y ejercer su autoridad en espíritu de servicio a los hermanos, hasta convertirse en una viva expresión de la caridad con que Dios los ama.
Art.32. Debemos, pues, considerar como propio de nuestro estado cualquier tarea, trabajo o ministerio eclesiástico, sobre todo si a ello nos impulsa la obediencia o la caridad.
Art.36. Acojamos con exquisita caridad a los que acuden a nuestras iglesias, sin buscar el propio interés o la comodidad, antes al contrario, preocupándonos por la salvación de sus almas.
Art.42. En el ejercicio del Ministerio de la Palabra, de la cual nace la fe y por la cual se alimenta, debe de proponerse íntegra y fielmente el Misterio de Cristo de modo que se formen debidamente las costumbres y se enciendan e inflamen en el amor de Dios las almas de los oyentes.
Art.262. Finalmente, para que nuestros religiosos den un testimonio, de algún modo colectivo, de caridad y pobreza evangélica, la Congregación y cada una de sus personas jurídicas destinarán, de buen grado, algo de sus propios bienes para ayudar a la Iglesia
en sus necesidades y sustentar a los menesterosos, a los que hemos de amar en las entrañas de Jesucristo (cf. Mt 19, 21; 25,34-46; Sant 2, 15-16; 1Jn 3,17). En la entrega de dichos bienes, se unirá la caridad con la prudencia cristiana.
Que cunda en nuestros corazones el incendio de la caridad.
si abriga el deseo de morar entre nosotros perpetua o temporalmente, para servir a la Majestad de Dios y proveer a su salvación, la misma divina Bondad no ha de negarnos inteligencia para conocer su necesidad, ni caridad para soportar su debilidad de cuerpo y alma, ni los necesarios recursos para darle de comer en la medida que le convenga.
… querer más la caridad de Jesucristo
Ah, carísimos hermanos míos! si deseáis proporcionar consuelo a mi alma, haced que oiga decir, y que sea así en verdad, que la obra del Hospital está dirigida con caridad y buen olor en esta pobre ciudad.
Ruégoos por el amor de Jesucristo y de su Madre Santísima, que os animéis a perseverar con unanimidad y concordia en estas santas actividades. Rogad a Dios por mí, y recibid la presente sin tener en cuenta mis pecados, y si sólo el amor que os profeso, y la obligación que tengo de amaros en Cristo nuestro Señor, y desear de todas veras el incremento de su gloria en esta santa Compañía.
No cesaré de repetirlo: nada valen para mí todas las obras exteriores y todo el dinero del mundo, como no estén condimentadas con la salsa de esta Sangre, derramada con amor tan ardiente.
Mas, después que al Espíritu Santo plugo unirnos a vosotros con el lazo de su santo amor, que no serán parte a quebrar las distancias ni la muerte, dóciles a su voluntad, aceptamos el sacrificio que supone para unos y otros el separarnos corporalmente, imitando, aunque miembros indignos, a nuestra cabeza, Cristo benditísimo, quien, al separarse de los suyos, lo hacía con la promesa de que la tristeza de sus amigos se convertiría en gozo.
Dudo poder corresponderla como sería mi deseo, pero suplirá con creces, así lo creo, aquella inmensa Bondad que con el lazo de su santo amor nos tiene tan estrechamente unidos. Plegue a su Majestad hacernosla saborear siquiera en la celestial patria, y si le agrada ¿por qué no? un poco también en esta cárcel. Vos, vuestras hijas y yo, con ser diversos y vivir tan alejados, ¿no es cierto que somos uno en el amor de Jesucristo?.
III carta a sor María Carafa, 13 marzo 1541
Existen dos clases de humildad. Una es hija de la verdad. La otra estriba en el amor. La humildad vivificada por la caridad es insustituible fundamento de la perfección verdadera.
Cap 25 – párrafo 1 Del mismo modo que cuando se pierde la paz del corazón, hay que hacer todo lo posible por recuperarla, debes saber igualmente que no puede suceder en el mundo nada que razonablemente nos la pueda quitar o turbar. Es verdad que debemos dolernos de nuestros pecados, pero ha de ser con un arrepentimiento lleno de paz, como te he dicho ya más de una vez. Y así, sin perder la serenidad, y con sentimientos de caridad, se tenga compasión de cualquier otro pecador y se lloren, al menos interiormente, sus culpas.
Cap 39 – párrafo 4. …Si en la caridad, realizaremos actos de amor al prójimo, como instrumento del bien que podemos adquirir, y al Señor Dios, como causa primordial y amorosa, que envía o permite esos males para nuestro ejercicio y provecho espiritual.
Num 82. “El Evangelio se hace operante mediante la caridad, que es gloria de la Iglesia y signo de su fidelidad al Señor. Lo demuestra toda la historia de la vida consagrada, que se puede considerar como una exégesis viviente de la palabra de Jesús. “Cuanto hicisteis a uno de estos más pequeños, a mí me lo hicisteis. (Mt 25, 40)”
Num 89. “La respuesta de la vida consagrada está en la profesión de la vida de pobreza, vivida de maneras diversas, y frecuentemente acompañada por un compromiso activo en la promoción de la solidaridad y de la caridad.”
Num 90. ]La pobreza evangélica al servicio de los pobres [